sábado, 2 de agosto de 2014

Prólogo

PROLOGO

Que calurosa mañana de marzo, menos mal que estoy bajo un árbol, (No me digas cual que no soy experto en botánica). Lo mío son las invocaciones de criaturas, es decir recitar un conjuro de llamada a una criatura semimágica para que ésta venga y te otorgue o sus poderes o su presencia, (teoría de primero), o al menos eso dice el maestro Siong. La verdad no sé para qué tanta clase, que por cierto me estoy escaqueando (Ya sé que no es lo que debería). Supuestamente debería estar con mis compañeros en un aula que se parece más a una celda. Es que cumple con los requisitos para ser celda, barrotes en las ventanas, nada de libertad e, incluso, comida sin mucho sabor que se diga. El caso debería estar oyendo, que es distinto que escuchando, “atentamente” las lecciones de hoy… Pero como que no con el día que hace. ¿Quién se pierde un día soleado, sin nubes y con una ligera y refrescante brisa? Yo no seré uno de esos. Estoy a un “paseíto” a diez minutos de mi escuela, es mi pequeño refugio de paz y tranquilidad. Aquí es donde pienso sobre mis orígenes y el por qué de mi existencia, es decir, que filosofeo un poco. Me encanta, ya que sólo yo valoro este lugar y no hay visitas que me molesten. Me relaja el pequeño riachuelo de aguas trasparentes y tranquilas que está frente a mí, donde de vez en cuando se puede ver algún pececillo (aunque nunca son lo suficientemente grandes como para estar tentado a pescarlo). Me encanta su sonido particular, de agua recorriendo las piedras…  Para mí es el sonido más hermoso del mundo, te relaja y hace que olvides tus penas, si es que tienes. El tronco del gran árbol a mis espaldas, robusto y firme, me sirve de apoyo, pero que ya os digo que no tengo ni idea de cual es. Cuando es primavera me protege del sol con sus múltiples y verdes (aunque algunas ya empiezan a cambiar de color) grandes hojas, pero me permite ver el cielo entre éstas. Es genial sentir los rayos de sol cayendo en tu cara sin hacerte daño a la vista, pero sintiendo su calor como una caricia. Siento debajo de mí la hierba fresca y suave. Esto es vida (No me digáis que no, y quien  lo diga que venga a decírmelo a la cara, ¿Vale?). Lo único que me fastidia en este momento es el calor, cada vez hace un poco más porque se acerca la hora del medio día, donde el sol pega más fuerte, pero tiene una fácil y sencilla solución: Ir al arroyo y refrescarse con esa agua tan rica y fresquita. Me levanto y me estiro. No sé cuanto tiempo llevo aquí,  aunque tampoco me importa demasiado, pero por la posición del sol me imagino que no falta mucho para el medio día, no llegaran a las once y media. Me acerco al arrollo, la hierba me hace cosquillas en la planta de los pies, eso hace que no pueda evitar sonreír, aunque también sonrío por que soy feliz aquí. Me agacho a la orilla. Miro el reflejo en el agua. En su fondo se vislumbra lo que podría ser un castillo, rodeado de murallas, pero, a diferencia de los demás, entre esos enormes muros de piedra sólo se ve una torre, descuidada y vieja. Es de piedra grisácea y tiene musgo en las grietas. Sus ventanas empequeñecen conforme se asciende, y como ya os dije, están cruzadas con un par de barrotes cada una. Lo corona una especia de balconería con un tejadillo, nunca he subido ahí arriba, la verdad, me pica la curiosidad de cual es su función (Me imagino en un pasado lejano a un guardián con una capa mirando al horizonte buscando a mensajeros alados, es decir, palomas o otros seres criados para tal fin, o a enemigos para preparar la defensa de la Torre. Pero eso no ocurre aquí nunca, la vida aquí es repetitiva y monótona). En uno de los pisos más altos es donde vivo yo, pero no se ve desde aquí ya que mi ventana da al otro ala. Es impresionante la nitidez del reflejo de este río. También me veo a mí mismo, mejor que en cualquier espejo comprado en un mercado de baratijas, aunque nunca he ido a uno de esos (¿Qué pasa? Nunca he salido de esta torre, es mi hogar y mi prisión). ¿Qué quien soy? ¿No me he presentado? Lo siento, ha sido muy descortés por mi parte. Me llamo Lanwey, pero todos me llaman Lan, bueno todos excepto mi maestro, o cuando los de mi clase me quieren fastidiar. Soy un chico huérfano que no sabe nada de su pasado, sólo me acuerdo a partir de que llegue aquí, a los cinco años creo que fue, si no me equivoco. Siempre me han dicho que mis padres murieron y me trajeron aquí antes de morir porque vieron que tenía dones para la invocación, ¿Que qué es la invocación? ¿Dónde vivís? (Luego pensareis que yo soy un marginadillo por estar aquí, pues vosotros que no sabéis que es eso…) Ahora que lo pienso… ¿Es que tenéis memoria de pez? Ya os lo dije antes… Ya os lo explicare de nuevo más tarde, que ahora me estoy presentando. Tengo diecisiete años, bueno no, pero el caso es lo mismo, los cumplo mañana. Miro mi reflejo, no me reconozco casi, he cambiado mucho últimamente… He crecido (O eso es lo que la gente suele decir cuando llegas a estas edades). Mi cara ya no es tan redondeada, ahora es alargada con las fracciones marcadas, una barbilla recta, grandes y pobladas cejas… Sigo siendo morenito, como siempre, eso no cambia. El pelo no lo llevo muy largo, vamos que no llevo melena pero hace tiempo que no me lo corto. No me molesta ya que no me tapa los ojos, cosa que odio con todas mis fuerzas (Si lo hace tengo unas bonitas tijeras en mi baño, bien afiladitas que no les costará cortar cuatro pelos). Aunque a veces es útil para que no te vean el rostro. Siempre que alguien habla de mis padres eso me duele, es entonces cuando dejo caer el pelo sobre mis ojos para ocultarlo. Buena técnica ¿Eh? Pero no me gusta usarla. Bueno, mi pelo es de un color castaño oscuro, como la madera o la tierra mojada, y siempre esta despeinado, es indomable, pero mantengo, mientras no me moleste con la visión pasa. En cuanto lo demás me considero normal en todos los aspectos, tengo la boca de tamaño medio, al igual que la nariz. Las orejas sin mucho misterio, ya que casi no se ven por que están tapadas por una mata de pelo. Lo que más me inquieta y molesta a la gente son mis ojos. Son castaños, más claros que mi pelo, pero castaños. Lo extraño son las motas doradas y las rallas, hileras o como queráis llamar verdes (…Sí, lo sé… Soy como un perro verde, una vez vi uno en una clase de invocación, aunque no era un perro exactamente…) Como veréis no son normales, lo que hace que si miro fijamente a una persona a los ojos se sienta incomodada, aunque no sea mi intención y esté acompañada de mi más cálida sonrisa. Incluso e observado que esa sensación de inquietud también se da en los animales, en los pocos que veo. Por ejemplo, el tozudo caballo, Gran Cabezón le bauticé hace años, del establo destinado para los infrecuentes viajes. Si le ordeno algo normal ni caso, sin embargo si le miro fijamente no duda ni un instante, baja la cabeza y hace lo que le ordene (Dentro del hecho que es un caballo, lógico ¿No?). Es genial cuando te tienes que encargar de dar el paseo con él. Me considero una persona tranquila, nunca me suelo ver enfrascado en peleas. No sé si será porque no tengo ni por qué ni con quién luchar pero me considero sosegado y pacífico. Además tampoco tendría mucho que hacer, soy esmirriado y delgaducho, nada de cuerpo musculoso ni nada. Soy un tipo de los que a nadie le importa, ya que no causa problemas y si los causara no lo sería, o a menos eso cree la gente que no me conoce, ni a mí ni a mis dones de invocación. Si lo necesitase creo que sabría defenderme (Aunque la verdad espero no tenerlo que comprobar nunca).

Meto una mano en el riachuelo, el agua esta fresquita, como siempre. Con esa mano me mojo detrás de la nuca y un poco la cara. Permanezco unos minutos más sentado mirando el agua, hasta que veo una extraña silueta a mis espaldas, pero al acabar de agitar el agua no se distingue mucho. Cuando la reconozco ya es demasiado tarde, me ha cogido… De una oreja.

– ¡Pero vago, travieso e inútil! ¿Qué haces aquí? ¿Creías que podrías escapar de mí? Ahora mismo volvemos a la Torre y continuaras con tus clases y me aseguraré que no te escapes de nuevo, y… –(Por favor que no empiece con sus “y…” eternas) He de pararle y de paso lograr que suelte mi oreja.
– Jo… Si no he hecho nada malo… –Contesto con voz de niño bueno.
– Ni nada bueno pequeño mequetrefe, directamente no has hecho nada so vago.
– Pero…
– Ni peros ni peras que ya tengo un peral, bueno tenemos, y bueno está seco… –Dijo empezando a cavilar, casi podría jurar que se ha vuelto loco y ha empezado a hablar consigo mismo… Pero ya sé que esto es habitual en él, así que no es preocupante– Pero vamos, que me enrollo. Camina cacho de melón de invierno que no tiene nada dentro más que pipas. Que tienes que estudiar, no salir por ahí en las horas de clase…
Sí, éste es mi maestro, el que antes os comenté, Siong. Que por cierto no calla, aun cuando sabe que la gente no le está escuchando el sigue hablando (Por ejemplo, ahora sabe que no le estoy escuchando, pero sigue hablando). Yo asiento con la cabeza todo el rato, al menos que parezca que sí que lo hago. Siempre que me escapo sabe que estoy aquí, no se por qué, nunca voy a otros lugares. Pensareis que soy estúpido, a veces yo también lo pienso, pero es que este lugar me encanta. Y siempre esto acaba igual: Yo en clase con un tomate como oreja y que de paso sirve para escuchar.
– Vamos, no sé a que esperas –Entonces noté un tirón en la oreja. Ya empieza el martirio…
– Au, au, pero déjeme que se andar yo solito –Una vez con esto conseguí escaparme de nuevo…
– Ya me conozco ese truco, te suelto y te marchas corriendo aprovechando que yo soy un pobre viejo y no te puedo seguir ¿No? Que te conozco, a ti y a tus trucos –Jo… Tendré que pensar en nuevas estrategias…– Cómo decía mi madre, te conozco bacalao aunque vengas “disfrazao”.

A aguantarse. El maestro Siong está cerca de los sesenta, o al menos eso aparenta. Apenas le queda pelo blanco en la cabeza, y en la coronilla… Nada, luce una pequeña calva que yo creo se niega a asumir. Su cara está surcada por arrugas, y tiene los ojos grises lo que hace que aparente ser más anciano y frágil, pero recalco: Aparentemente. Cuida su barba todos los días, cada uno de sus pelos está arreglado a la perfección, lo contrario que mi pelo. Siempre lleva un bastón de madera, muy simple, sin ni siquiera barnizar. No lo usa para caminar, ya que por ahora no tiene problemas, lo usa para darme con él cuando me duermo en las clases. Su paso es rápido y decidido. A pesar de su edad, supuesta, mantiene bien el ritmo como si fuera un veinteañero. Profesionalmente es conocido por ser uno de los más sabios de nuestra época, aunque casi nunca he entablado conversación con él lo sé de la gente que sí lo hace. Además como maestro es bueno explicando y en el arte de la invocación es una figura reconocida. Pero lo que más gracia me hace es que para insultarte siempre recurre a las comidas, yo digo que son las que no come, porque no tiene curva de la felicidad para nada, se parece más a un palillo. No me queda otra que seguir el camino, mirando mi ropa y mis pies para no tropezar. Llevo un pantalón y una camisa negros con una capa con mangas o algo así blanca. Esta forma es propia de los invocadores, que la gente suele llamar magos, pero es distinto… Y largo de explicar. Cada uno puede elegir el color de su atuendo cuando llega a ser un profesional, pero todos suelen seguir este esquema de tipo de ropa, sino se les mira mal. Por el ejemplo Siong lleva el pantalón y la camisa azules marinos con líneas y bordados blancos. La prenda superior, la capa, es negra con bordados florales en el bajo en hilo plateado. Odio este traje, es muy incomodo, en cuanto salga de aquí lo cambiaré, al fin y al cabo que más da que sea la ropa típica de los invocadores, no sigo las normas. (¡Au!…mi oreja)

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