martes, 28 de octubre de 2014

VI SALVAR A UN NIÑO

Llegamos a la plaza con la respiración entrecortada, sobretodo ella, ya que yo soy joven aún. Un niño se nos acerca con su mirada inocente.
– El señor feo me ha dicho que os dijera que Jeremiah está bien por ahora. Que hagáis como todos los viernes.
Dicho esto, el niño se marcha tan feliz, sin esperar respuesta; al fin y al cabo, ha cumplido su trabajo. Posiblemente le hayan prometido una pequeña propina por hacer un trabajillo que a él le parece una estupidez. Seguramente no se le haya ocurrido que en realidad es el portavoz de un secuestrador.
– Yian, tranquila, encontraremos a Jeremiah, no se preocupe. Yo iré a la zona de los participantes. Le prometo que le encontraré y haré pagar esto a quien lo haya maquinado.
Voy al puesto de inscripción. Lo lleva un chico joven de unos veinte años, de ojos almendrados y pelo castaño claro. Es una de las pocas personas del pueblo que me conocen más o menos bien (es decir: dónde vivo, edad y poco más).
– Muy buenas, Ner, felicidades y que cumplas muchos más. –Cierto, es mi cumpleaños, pero no le doy ni las gracias, tengo otros asuntos en mente.– ¿Qué? ¿Piensas volver a ganar hoy? –Sonríe, esperando que le diga algo.– Te veo algo tensa, tranquila no hay ningún participante especial, no te preocupes.
Dicho eso me entrega mi papel con mis datos y mi número, yo lo recojo y ni siquiera me molesto en comprobar mi número de participación ni nada. Me voy sin más. Él se queda mirándome con un gesto de asombro, me doy cuenta de que no le he contestado. No estaba a lo que estaba, mi cabeza está pensando en Jeremiah.

Busco con la mirada a algún niño dentro de la sala de espera para los participantes. Normalmente, estaría analizando desde la sombra a mis contrincantes, pero esta vez levanto la vista y miro inquieta a mi alrededor. Oigo mi nombre.
– Nerwana y Sawn, afuera. Es vuestro turno.
Es el típico tipo duro y musculoso que trabaja en el campo y quiere ganarse un sueldillo extra. No me preocupa en exceso. Más bien se preocupa él, sabe que tiene pocas posibilidades de salir victorioso. Al oír que saldrá conmigo le oigo maldecir por lo bajo su suerte, mas recobra la compostura y se mentaliza para creer que me puede vencer, o al menos eso veo en su mirada. Eso le hace un digno contrincante. Salimos al exterior y la plaza, llena a rebosar, expresa su emoción y nos vitorea. La gente dice que doy el espectáculo, y por eso les gustan mis combates; en realidad, yo lucho con normalidad, pero, según ellos, soy una estela que se mueve a la velocidad del rayo. Busco con la mirada a Jeremiah, pero no le veo. Dejo mi capa en un lado de la plaza, en una de las verjas que separan el terreno de juego de la multitud. El árbitro alza la voz para presentar a los dos contrincantes. Cuando dice primero el nombre de mi rival se oye algún que otro vítor. Cuando dice el mío, la plaza estalla. Justo antes de que el árbitro dé la señal de comienzo, alguien habla:
– Alto, detengan el combate. –Junto al palco reservado para el Alcalde hay un hombre con un niño. Ese niño llora y es… Jeremiah.– Hola a todos, me llamo Louis y soy un caza recompensas. He rescatado niños, luchado contra vampiros y cazado hombres lobo…
Es el hombre de ayer, y creo que eso que dice se lo tiene él muy creidillo. No le creo ni la mitad. Sinceramente, no le creo nada de lo que está diciendo, incluso dudaría de la veracidad de su nombre. En fin… Eso es lo que menos me ha de preocupar ahora.
– Pero esta mañana oí mencionar a una conciudadana vuestra algunas extrañas facultades que posee, que la delatan como un ser semihumano, es decir, medio monstruo. Salvó a un niño desapareciendo de un lugar y apareciendo junto al niño para volver a desaparecer. Si esto es así, no me opondría a ajusticiarla a la antigua usanza, con una espada bien afilada. –Oh, Dios mío. Este hombre quiere venganza. Y eso no me gusta, sobre todo sabiendo que tiene al pequeño.– Yo os diré quién es y os lo demostraré. La persona es… –hace una tétrica pausa, aunque yo ya sabía la respuesta– la gran luchadora Nerwana. Sí, sí, aquella que tenéis delante y que tantas veces ha resultado vencedora de estos torneos. Esa Nerwana a la que todos conocéis y vitoreáis en esta plaza una vez a la semana. –El público no dice nada, hasta dudo que respiren.– ¿No me creéis? Os haré una pequeña demostración.
¿Qué pretende hacer? Está en el balcón elevado junto al alcalde y no parece armado. Coge a Jeremiah, que resulta estar atado de pies y manos, y le alza sobre su cabeza. ¡Lo va a tirar por el balcón!
– ¿Qué? ¿Ya te has dado cuenta de mi intención? Sí, le voy a dejar caer. –Se oye un grito ahogado que será de Yian.– Si no apareces aquí y le recoges morirá al instante, si tiene suerte, si no… agonizará. Tú decides.
– Mamá, quiero a mi mami. –Llora el pequeño a pleno pulmón. Esos gritos me desgarran el alma. Ese niño está al borde de la muerte por segunda vez en un mismo día.
No tengo opción, le va a arrojar. La plaza está en silencio por la expectación. Algunos están paralizados de terror, otros parecen creer que es una especie de teatrillo, pero pocos se dan cuenta de la crudeza de la realidad. Planee lo que planee ese sinvergüenza, he de salvar a ese niño. Deseo estar allí, lo deseo con todas mis fuerzas. Noto la sensación en la tripa y el erizamiento del pelo de la nuca, y luego mucha fatiga. Es una distancia más larga que la de antes con el carro. Aparezco a la espalda de Louis, justo donde he pensado. Oigo un murmullo de asombro proveniente de toda la plaza. Ahora todo el pueblo conoce mi reciente habilidad. Cojo a Jeremiah antes de que se dé cuenta. Desafortunadamente, él lo ha previsto: se gira con gran velocidad y me clava un cuchillo en el brazo. Ese cuchillo arde. No puedo evitar lanzar un chillido. Estoy acostumbrada a los cortes pero éste, no sé por qué, es especialmente doloroso. Intento evocar la imagen del lugar en el centro de la plaza pero no me concentro. Al menos tengo a mi amiguito en brazos, y eso me reconforta algo, aunque no alivia el dolor.
– ¿Habéis visto todos? Sois todos testigos. –Le miro con odio, ¿Por qué me hace esto? ¿Qué es este cuchillo que me esta quemando la piel?– No me mires así monada, éste cuchillo es simple plata. Es curioso que a todos los que no sois humanos del todo os es increíblemente dañino, os arrebata todo el poder de vuestra otra entidad.
Ríe. Y nadie se ríe de mí así. Está delante de mí, riendo a carcajada tendida y mirando al cielo, saboreando su venganza. Pero no será la humillación que él se ha imaginado si yo puedo evitarlo. Lanzo mi pierna a donde más le duele, con lo que grita y cae al suelo entre sollozos, y con él, el molesto cuchillo.
– Pero, por mucho que sea de plata, no afecta a mi parte humana.
La plaza ríe la gracia. El Alcalde me mira con sorpresa, pero no con miedo. Libero al niño de sus ataduras. Éste se agarra a mí, asustado y gimoteando.
– Señor, si me lo permitís, –me dirijo al señor de pelo cano y un poco rechoncho que está a mis espaldas y es el Alcalde de este pueblo– llevaré a este niño junto a su madre, luego escucharé vuestro veredicto.
– Adelante.
Veo a Yian en la plaza, intentando saltar la verja. Lo logra con la ayuda de la multitud. Estoy agotada pero aún tengo fuerzas para un último teletransporte. Deseo estar junto a ella y llevar conmigo al pequeño. Cierro los ojos y esta vez la sensación es menor. Mi cuerpo se está acostumbrando ya a lo que quiera que sea esto. Aparezco junto a ella. Suelto a Jeremiah para que vuelva con ella. Éste corre y ambos se abrazan y lloran.
– Mami, mami…
– Hijo, gracias a Dios que estás bien. Gracias Ner, gracias, gracias.
– No ha sido nad… –No puedo continuar porque se me quiebra la voz.
Algo se ha clavado en mi espalda, a la altura de mi hombro, más abajo, y abrasa: una flecha de plata. El cansancio me ataca de golpe y todo se vuelve negro. Oigo los gritos de una madre y un hijo y… nada más.

– ¿Estás bien? –dice una voz conocida, es Yian. Estamos en su casa. Ella y Jeremiah esperan mi respuesta con atención.
– Sí, sí… Más o menos –les tranquilizo–. ¿Qué pasó después de la flecha? –Intento levantarme pero un dolor muy agudo sacude toda mi espalda.
– No, no te levantes –me dice Yian, mientras su hijo asiente a todo lo que su madre dice–. Ese desgraciado lanzó la flecha contra ti, alegando que no merecías vivir. Todo el pueblo se puso a tu lado y te defendió, incluso el Alcalde alegando que no habías hecho nada malo y que no habías hecho uso de tus habilidades en ningún torneo. Expulsaron a ese hombre del pueblo y le han prohibido la entrada.
– Eso es bueno –sonrío–. ¿Pero qué harán conmigo?
– El Alcalde propuso que no pudieras volver a participar en los torneos –Es justo y lógico la verdad, si sólo es eso…– Tranquila, no te harán daño. Han estimado que puedes ser de ayuda y no dañina para el pueblo, todo el mundo sabe que eres una buena persona. Dijo que te podrían llamar para pedirte favores y pagarte por ello. Que si tenías alguna duda o problema, fueras a verle. Da las gracias a que tenemos un buen Alcalde.
– Sí, otro hubiese querido rebanarme el pescuezo y venderme a nigromantes. Voy ahora mismo a darle las gracias… –Vuelvo a intentar levantarme, pero Jeremiah se tira sobre mí.
– Mamá dijo que no te levantaras –dice actuando como si fuese un hermanito pequeño.
Sonrío, todo ha salido bien y el pueblo me aprecia, estoy segura allí.

He pasado dos días más en cama, Yian cuida bien de mí. Además me dice como avanza mi evolución. Mi pelo se ha vuelto azul y con un par de mechones plateados. De las dos rayas de mi espalda acababan de nacer dos pequeñas alitas como las de los murciélagos, o como las de los dragones según Yian, de color azul oscuro. Por ahora sólo son del tamaño de medio brazo e inútiles y apenas consigo moverlas. De mi otra mancha, bueno… ha nacido una cola, más bien un muñón de color azulado, aún está creciendo, al igual que las alas. Según Yian, aún me queda bastante tiempo, una o dos semanas, hasta lograr mi forma definitiva. Sé que ambas cosas, cuando crezcan del todo, serán un pequeño problema para la ropa. Por ahora no me afecta demasiado y, además, siempre puedo ir con la capa tapándome. Hoy es el primer día que salgo a la calle y lo primero que haré será ver al alcalde.
Por la calle hay diversas reacciones, algunos me saludan y me sonríen, otros aparatan la mirada o se alejan. Yo, a los primeros, les saludo; con los demás, paso de largo. Algunos incluso preguntan por mi estado o por cómo me encuentro; yo les contesto con una sonrisa de oreja a oreja: nadie se había interesado por mí en mucho tiempo.
Llego a la entrada del ayuntamiento. Le digo el motivo de mi visita a uno de los guardias, que me dice que le acompañe y me lleva ante el Alcalde. El despacho de éste es amplio, con un par de cuadros, una chimenea y un perro de compañía. El perro, cuando llego, alza la cabeza, luego la baja, pero me sigue mirando, y gruñe cuando paso cerca de él para ir junto al Alcalde. Una alfombra cubre el suelo y componen el mobiliario tan sólo una mesa y tres sillas, una para el alcalde y dos para los visitantes. El alcalde me sonríe y me indica que tome asiento. Le doy las gracias y me siento.
– Me alegro que te hayas recuperado, ese idiota te lanzo esa flecha sin mi permiso. Por suerte, no te mató. ¿Ya te han contado lo que dicté?
– Sí señor, gracias por todo. Aún así, seguiré viviendo en el bosque, si no os molesta. Pero querría preguntarle si hay algún lugar donde pueda instalarme aquí en la ciudad, para que, si algún ciudadano me necesitara, pueda ir allí.
– Sin problema, me alegra que tengas ganas de ayudar a los demás –dice sonriente–. Te puedo ofrecer un pequeño establecimiento que está cerca de la iglesia. Será como este despacho de grande… No es mucho que se diga… Pero ¿para qué más? ¿No? Te gustará. Está entre la taberna Redhouse y la sastrería. ¿Te orientas?
– Sí, gracias. ¿Cuánto debería pagar? –Aquí, en esta vida, nada es gratis.
– Nada, tan sólo querría que me hicieras un favor a cambio. Mi hija ha perdido a su gatito y está muy disgustada. Habla con ella y te dará más información. Con esto, considera pagado tu establecimiento. ¿Conforme con tu nuevo trabajo?
Sonrío, esto está genial, actividades variadas y que además servirán de ayuda a los habitantes del pueblo.
– Sí señor, muchísimas gracias, ahora mismo hablaré con su hija. Hoy mismo jugará con su gato antes de irse a dormir.

– Eso espero, mejórate pronto y ya informaré a los ciudadanos sobre tu ubicación.

domingo, 19 de octubre de 2014

V DESPEDIDA

Subo a mi habitación mirando al suelo. La gente se aparta de mi camino, con miedo, y cuchichean entre ellos. Algunos me miran con pena, otros con odio… Pero no me importa: mi mundo se desmorona, y dentro de poco seré buscado como un criminal.
Cuando llego a mi habitación cierro la puerta y empiezo a llorar. ¿Qué queréis que haga? He matado a mi maestro, tendré que marcharme de mi hogar y decir adiós a mi único tesoro, Nesliz. Soy un peligro para todos y puedo matar a aquel que se me ponga por delante una noche de luna llena sin tan siquiera acordarme de ello. ¿Merezco vivir así? Una voz en mi interior, que se parece a la voz con la que hablé ayer por la noche a Fenris, me contesta: “Sí que lo mereces, es así porque el destino lo quiso. No es una maldición, sino una bendición, si domas a la bestia de tu interior. Si lo haces, no serás un monstruo, sino alguien especial y fuera de lo normal. Siong no murió intentando matarte, murió intentando que controlaras a la bestia. Hazlo en su honor y no te rindas, en memoria de Siong.” ¿Es eso cierto? No lo sé, pero haré caso a la voz: viviré para ganarme el respeto del mundo y controlar a esa bestia.
Preparo mi mochila de piel con todo aquello que considero imprescindible: ropa, un par de libros sobre invocaciones, mi flauta y mis guantes. No tengo más posesiones que éstas. Los guantes no los guardo, sino que me los pongo por primera vez en mucho tiempo. No quiero volver a ver estas manos hasta que no consiga controlar a la bestia que vive en mi interior Me prometo a mí mismo que no me los volveré a quitar hasta que lo logre.  
Me coloco la capa blanca de terciopelo, y un sombrero de color negro con una pluma blanquecina. Por primera vez en un tiempo dejo que el pelo me tape los ojos: no quiero darle la satisfacción a ninguno de los que me han hecho esto de verme así, derrumbado. No quiero que nadie me vea así, no quiero que me recuerden como un lobo que se va con el rabo entre las piernas. Pueden haberme destrozado la vida, pero no voy a permitir que me miren como a una bestia. Abro la puerta y, antes de volver a cerrarla, miro por última vez mi habitación, mi hogar estos años. Me despido de ella en silencio y cierro la puerta.
Comienzo a descender las escaleras, sin prestar atención a las miradas y voces de mi alrededor. No sé por qué la gente sabe lo que me ha pasado. Por un instante pienso que simplemente han dicho que abandonaría la escuela, pero esa teoría se borra de mi mente al oír palabras como “lobo”, “bestia”… Seguro que ha sido Yámial que quería poner la guinda al pastel de mi desdicha. Desciendo hasta llegar al recibidor y salgo al exterior. Miro atrás por última vez. La gente mira desde las ventanas esperando ver alguna reacción por mi parte u oírme alguna frase célebre. Busco la mirada de una persona, pero no la encuentro. Tan sólo encuentro las de críos, profesores, y algún empleado de la torre un poco curioso por enterarse de lo que pasaba. Finalmente veo la de Yámial, triunfante. Sonríe, pero en su mirada detecto cierto miedo. Entonces alguien sale por la puerta. Es Nesliz.
– So… sólo quería despedirme y desearte lo mejor. –Le tiembla un poco la voz, sabe que todo el mundo la ha visto salir para despedirse, incluso Yamial– Tú no has tenido la culpa, no te tortures.
– Gracias, cuídate mucho tú también. Espero tener noticias tuyas como la mejor invocadora de todos los tiempos. –La voz me tiembla de una manera espectacular.
Me giro, no quiero que me vea llorar. No me gustan las despedidas (y eso que, hasta ahora, nunca me había tenido que despedir de nadie así) Agacho la cabeza y comienzo a andar sin rumbo, únicamente pensando en alejarme de allí cuanto antes. Oigo que alguien corre tras de mí.
– Espera, por favor. –Es Nesliz de nuevo– Yo… –Duda por unos instantes si seguir hablando, pero finalmente se decide– … Yo te quiero.
Se acerca a mí con paso dubitativo, pero firme al mismo tiempo, sabe lo que hace. Cuando está cerca de mí, pasa un brazo por mi espalda, me agarra por la cintura y me acerca a ella. Mi corazón empieza a acelerarse. Después, con su otra mano, rodea mi cuello hasta llegar a mi nuca y acerca su cara a la mía muy lentamente. Sus ojos brillan por las lágrimas que aún quedan por derramar. Sus ojos están algo enrojecidos, sin duda a causa de haber llorado durante mucho tiempo, tal vez desde que se enterara de lo que me ha pasado y de lo que me espera. Esta chica en verdad me quiere. Entonces se junta tanto a mí que nuestros labios se rozan. Me besa. Presiona con sus labios mi labio superior. Yo estoy paralizado, no puedo reaccionar. Mis ojos se cierran para saborear este beso, la única cosa buena que me han dado o han hecho por mí hoy, irónicamente, el día de mi decimoséptimo cumpleaños. Ella abre su boca, pero esta vez no para besarme un labio, sino toda la boca. Noto algo húmedo que intenta entrar en mi boca y le dejo pasar. Este ente acaricia mi interior y mi lengua, después sale. Tomamos aire de una forma acompasada, y esta vez soy yo quien la besa a ella. Estamos así un tiempo hasta que ella se separa, cae en mi pecho, y comienza a llorar de nuevo. La abrazo con fuerza intentando trasmitirle la tranquilidad que ni yo mismo siento. Entonces alza la cabeza. Las lágrimas surcan su rostro cayéndole por las mejillas. Me acerco y la beso suavemente en los labios.
– Tranquila, yo también te quiero. Pero has de comprender que debo marcharme, podría hacerte daño. –Comienzo a llorar sin poder evitarlo.– Y eso no me lo perdonaría jamás.
– Sí, te entiendo, no quiero que mueras. Prométeme que no lo harás y que un día, en el futuro, nos reencontraremos. Por favor.
– Te lo prometo. –Aunque algo dentro de mí me dice que eso será imposible­.– Vete, o te meterás en problemas. Te quiero, adiós, hasta la vista.
Me giro antes de que me vea llorar como una magdalena y me despido con la mano. Ha sido una despedida que nunca me había imaginado. Ahora que ha pasado no sé si lo que acaba de pasar es un sueño o en verdad ha sucedido… La verdad, siempre habrá algo en mí que seguirá creyendo que ha sido un sueño, a pesar que sé que fue real. No me va a ser fácil cumplir mi promesa si no me voy de aquí antes de que caiga la noche, pero lo he prometido y cumplo mis promesas… siempre que me sea posible.



lunes, 13 de octubre de 2014

IV EXTRAÑOS SUCESOS

Un nuevo día comienza. Es temprano, como siempre, apenas despunta el sol por el horizonte. Hoy no he dormido bien, he tenido un sueño agitado, aunque no me acuerdo de nada. Lo sé, sé que no era un sueño alegre y feliz precisamente;  además mis sabanas están revueltas y mi corazón late a cien por hora. No sé por qué será… ¿Qué habré soñado? Da igual, tengo que prepararme para el torneo. Cojo un par de manzanas, la ropa y mis espadas. Nunca me separo de ellas, son ya casi parte de mí. Salgo de la cueva y me dirijo al riachuelo que hay no muy lejos de aquí.
Comienzo a comer las dos manzanas. Hoy no desayuno mucho porque luego en el torneo me siento pesada y eso influye, esto lo sé por la cantidad de tiempo que me costó encontrar el desayuno ideal para estas ocasiones.
Me han sabido a gloria, me gustan mucho las manzanas, y además estas están muy jugosas. Me quito la ropa y la dejo cerca, en la rama de un árbol (que ya hace las veces de perchero). Entro en el agua. Está fría, otra persona diría helada, pero así es como me gusta. Además así me espabila. Me lavo bien y veo algo raro en el reflejo. Mi pelo… Ya no es del mismo color, se está volviendo azulado. Pero ¿cuándo ha pasado?, ¿en esta noche? Qué extraño… A lo mejor he dormido sobre alguna baya… No me preocupo demasiado y comienzo a frotarlo esperando ver cómo se quita. Pero no cambia. Hay algo plateado también… ¿Qué le ha pasado a mi pelo? ¿Habrá cambiado algo más? ¿Es casualidad que, hoy que es mi cumpleaños, pase esto? No lo sé, me empiezo a inquietar y comienzo a observar todo mi cuerpo, preocupada porque algo más haya cambiado. Cada vez veo más inverosímil la idea de que esto haya sido causado por una baya. Hallo tres cosas raras, vamos, que no deberían estar ahí. En mi espalda han nacido dos líneas azules oscuras, como mi pelo. Pero no es más, por ahora… Algo similar ha salido en…, bueno…, por así decirlo, en la última vértebra, la rabadilla, o cerca del agujero por donde nunca entra el sol. Me gustaría seguir investigando si algo más había cambiado, pero no puedo. Además la imagen no es muy nítida en el reflejo del agua. Hoy el agua está bastante turbia… Qué mala suerte. A este paso voy a llegar tarde al torneo… Salgo del agua y me seco. Todavía le estoy dando vueltas a esto pero no tengo tiempo para entretenerme demasiado, ya lo veré más tarde. Me visto y cojo las espadas. El sol está demasiado alto… He de darme prisa, me he entretenido demasiado. Corro hasta la cueva, dejo la ropa de noche y me pongo la capa y los cinturones con dagas y salgo corriendo en dirección a la ciudad.

Hay mucho alboroto en la ciudad hoy, como todos los viernes. Me dirijo a la plaza central que es donde se celebra el torneo, ya que es el lugar más amplio y céntrico de la pequeña ciudad. Aquí el torneo tiene gran importancia ya que es el único entretenimiento aparte de la vida diaria (dentro de vida diaria incluyo los culebrones del pueblo, adorados por las señoras mayores y no tan mayores, las historias que los ancianos cuentan a los niños y lo típico de los pueblos…). La gente se fascina con la agilidad y la destreza de los participantes, aunque la mayoría son gente del campo que, sobre todo, suelen ser musculosos, pero lentos. También se pueden reír por alguna treta peculiar o comentario ocioso (véase reírse a la cara del contrincante y hacer chistes ingeniosos, pero sin pasarse, porque si no, no lo entienden) Los niños siempre comentan lo mismo. “Yo quiero ser como…” Yo les sonrío cuando me miran y dicen que de mayores quieren ser como yo, me parecen muy monos. Oye, ya sé que no me pega, pero yo también tengo mi corazoncito, ¿eh? La semana pasada me hizo gracia un niño en concreto. No sé como se llama. Tiene el pelo rubio y los ojitos verdes, no sobrepasaría los cinco años o así (aunque nunca se me ha dado muy bien calcular la edad). Lo que me hizo gracia fue que me dijo: “Eres buena, aunque seas mujer. Si es que las mujeres sois la caña cuando zurráis a algunos.” Me hizo gracia que un niño de cinco años dijera eso, lo decía con la inocencia propia de su edad, pero sabía lo que decía. Sin duda admira el genio que tiene su madre. Le sacudí el pelo y me fui, pero me quedé con la intriga de saber más sobre ese chiquillo. Al día siguiente me enteré de que era huérfano de padre. Unos bandidos les asaltaron hace unos meses y su madre les defendió tanto a él como a su padre herido, que murió a los minutos de la trifulca. Espero ver a ese renacuajo de nuevo hoy, le he cogido aprecio. Pero le veo en el lugar más inoportuno en el momento más inoportuno.
Camino por las aceras del centro de la ciudad, a mi izquierda un sinfín de carros de caballos van y vienen a gran velocidad. Como os dije, suele haber mucha gente los viernes, incluso hay gente de los alrededores que vienen exclusivamente para ver el torneíllo, y de paso, ver el mercado, o viceversa. Yo voy a lo mío, como me diría mi “ex-padre” mentalizándome para saber lo que debería hacer. Entonces algo se cruza unos metros más adelante. Una pelota de trapo cae de la acera a la vía de los caballos. Oigo un grito y, de mi derecha, a la altura donde había aparecido la pelota, un niño rubio corre tras ella, sin pensar en los caballos. El grito ha sido de la madre al ver a su hijo en peligro de muerte. Entonces le reconozco… ¡Es el niño de la semana pasada!
Los pelos de la nuca se me erizan. ¡No puedo dejar que le pase algo así! Pero estoy paralizada, no me puedo mover. El chiquillo ha llegado a la mitad de la vía, donde la pelota se ha quedado quieta por el desnivel de varias piedras. Se agacha y la coge, sonriente por haber recuperado su querida pelota. Pero lo que ve al erguirse le aterra. Un carro tirado por dos caballos va hacia él. El conductor no le ve, ya que el niño no entra en su ángulo de visión. El muchacho está paralizado de terror, no se mueve. Deseo, como si pudiera, estar allí, junto al niño. Cierro los ojos con fuerza; siento un cosquilleo en la tripa y un escalofrío; cuando los vuelvo a abrir veo al niño al alcance de mi mano. ¿Qué? ¿Cómo? Qué más da. El carro viene hacia nosotros, y sólo puedo hacer una cosa. Agarro al niño y le abrazo contra mí, vuelvo a pensar en la acera y cierro los ojos con todas mis fuerzas deseando que ese extraño suceso se repita. Abro los ojos, y por un momento creo ver el carro de caballos, pero no. Veo a la madre del niño corriendo hacía mí. Respiro con alivio. Estoy exhausta, y algo mareada. A pesar de no haber desayunado apenas nada, tengo la tripa revuelta, pero sobre todo estoy confusa. Pero no me importa, porque estamos vivos. El niño corre al regazo de su madre con la pelota en la mano. Ambos me miran, la madre llorando de alegría y el hijo sonriendo, sin darse cuenta de lo cerca que ha estado la muerte.
– Oh, gracias al cielo, Jeremiah, estás vivo. Gracias Nerwana, gracias por salvar a mi hijo. Si hubiera algo que pudiera hacer por ti…
Todos saben mi nombre; los torneos, como de costumbre, son la razón. No sé lo que he hecho, sin duda este es el cumpleaños más raro de mi vida. Primero mi pelo, las franjas azules y ahora esto… ¿Qué me está pasando? Por primera vez en años tengo miedo de lo que pueda estar pasándome.
– Querida, estás pálida. Permíteme invitarte a tomar algo antes del torneo. Aún te queda tiempo y además sé de una taberna cerca de aquí.
– Gra… Gracias –Tengo miedo de verdad y agradeceré la compañía. En otras circunstancias me habría negado, esta familia no goza de una economía resplandeciente como para hacer invitaciones, pero no me encuentro bien y no llevo nada de dinero encima.
Vamos a una posada cercana con el nombre de Cirssword. Me suena, pero no sé de qué… No caigo ahora, estoy aún demasiado nerviosa como para pensar. Entramos y el tabernero saluda a la madre del niño. Sin duda son conocidos o amigos íntimos. Para Jeremiah pide un vaso de leche y para nosotras una cerveza aguada. No me entusiasma, pero reconozco que ahora me apetecería una, me ayudará a calmarme con su frescor. Nos lo sirven todo al instante. Entonces ella me mira y comienza a hablarme.
– No sé si me he presentado, me llamo Yian y soy la madre de Jeremiah, aunque eso supongo que te lo habrás imaginado. Mi marido murió hace un tiempo. –Su semblante se oscurece, pero sigue hablando.– Mi hijo te admira, aunque eso creo que ya lo sabes también. Ahora también te admiro yo. Fuiste a una velocidad sobrehumana.
Sobrehumano… O de un monstruo. No dije lo acababa de pensar, Jeremiah se dispone a hablar lleno de berretes blancos.
– Mama, no corrió. –Hace una pausa.– Desapareció y apareció a mi lado. Me agarró y luego aparecimos junto a ti –continúa, susurrando.
La mujer, me mira y sonríe. No sabe a qué atenerse. Sin duda, ella también se ha dado cuenta. No sabe de quién fiarse, de su vista y su hijo o de la razón.
– Pero eso es imposible. –Entonces sonríe.– Eso nunca puede pasar.
– Pues ha pasado. –He expresado mis pensamientos en voz alta, me doy cuenta al momento de que no he debido hacerlo. Entonces Yian me mira muy seria y me susurra al oído.
– Ya lo sé, pero si la gente se entera, no podrás volver a participar en los torneos. Así que nadie debe enterarse, al menos si quieres vivir como has estado haciendo hasta ahora.
Pero creo que es demasiado tarde. Una silueta nos miraba desde una de las mesas. Me resulta familiar, pero no he llegado a distinguir a la persona: va cubierta entera. Cuando me ve mirar en su dirección se dirige a la barra, donde comienza a conversar con el tabernero, dándome la espalda. No le doy mayor importancia, otros asuntos me preocupan más.

No lo puedo aguantar, le cuento a Yian lo que me ha pasado. Se lo cuento como si fuera mi madre. Le explico que hoy cumplo los diecisiete, y le hablo de las franjas de mi espalda y del pelo. Jeremiah no lo entiende todo, por lo que se centra en su vaso de leche.
– En lo del pelo tienes razón, se ve algo azulado. Tiene un extraño brillo. Y lo otro… ¿Me permitirías verlo? Fui sanadora antes de casarme y venir a vivir aquí. A lo mejor te puedo ayudar.
Asiento, un extraño brillo en sus ojos me inspira confianza. Me indica dónde está el baño y la sigo, le pide a Jeremiah que espere ahí. Entramos en el baño. No es muy grande, pero más no se puede pedir. Me voy quitando los cinturones; normalmente no me habría costado mostrar mi espalda porque suelo llevarla al aire para no oponer resistencia a mis músculos; pero esta vez llevo una camiseta cerrada. La levanto de tal forma que sólo se me vea la espalda, no quiero hacer un semidesnudo delante de otra persona: aunque sea mujer también sigue siendo casi una desconocida. Cuando lo ve, se sorprende y abre al máximo los ojos. Luego me mira a mí y de nuevo a las marcas. Musita algo por lo bajo pero no la entiendo.
– ¿Podrías enseñarme lo otro?
Asiento y me bajo un poco el pantalón, ella acerca la mano. No toquetea mucho, simplemente con rozarlo y apretar un poco, cosa que me hace ver las estrellas, le basta. Mientras me visto, dice lo siguiente:
– Es un caso muy raro, pero creo que sé qué puede ser. ¿Has visto un dragón alguna vez? –me pregunta seriamente; no es un chiste.
– ¿Un dragón? –pregunto asombrada, tanto que se me cae una daga, pero la cojo al vuelo– Todo el mundo sabe que se extinguieron hace años… Es cierto, ¿verdad? –Ya no sé qué creer…
– No del todo. Pero lo que importa es que son sabios y saben cuando se avecina una catástrofe. Entonces envían un espíritu para que habite en el cuerpo de un humano para luchar contra esa catástrofe. No lo envían solo. Otros seres mágicos colaboran también. A esos seres humanos se les otorgan habilidades fuera de lo normal, son bendiciones o maldiciones, según como se mire. Tú eres una de ellas y una catástrofe se avecina pronto –lo dice como si se lo hubiesen hecho aprender de memoria tiempo atrás–. Distinguirás a tus compañeros; tú tranquila, sabrás qué hacer. Y sabrás cuando debes marcharte de aquí. El destino te lo dirá.
¿Qué? ¿Cómo? No lo entiendo, bueno sí, en teoría, pero no tiene sentido alguno. ¿Qué tengo yo de especial? ¿Cómo sabe ella eso?
– ¿Cómo sabes todo eso?
– Te he mentido a medias, fui sanadora y también fui la ayudante de un importante mago. Lo que te acabo de contar es una leyenda de las más antiguas que no se sabe si tiene precedentes, me refiero a que haya habido antes un conjunto de humanos con extrañas habilidades. Tu transformación no está finalizada, durará varios días. Hasta entonces sé bienvenida en mi casa si tienes alguna duda o cualquier cosa. Ahora debemos marchar, no me gusta dejar a Jeremiah solo tanto tiempo y tú debes de ganarte el sueldo a tu manera. Salgamos.
Asiento, pero aún no lo he asimilado todo. Ella sale delante de mí. Y grita. Jeremiah no está en la mesa y la taberna se ha quedado desierta. En la mesa hay una nota. Está arrugada pero legible. Yian la acerca para que ambas podamos leerla.
“Si queréis volver a ver al niño, que Nerwana se presente al torneo. Si no… Despedíos de él.”


Las dos nos miramos y salimos corriendo hacia la plaza. Tenemos varias preguntas en mente pero no hay tiempo de hacerlas mientras corremos.

sábado, 4 de octubre de 2014

III TERROR EN LA NOCHE


No sé qué hora será pero me ha parecido oír un ruido. Miro a mi alrededor. La mesilla con mis guantes y la flauta está en orden, por un momento he pensado que a lo mejor se había caído la flauta o algo así, pero no. Me giro hacia el otro lado y distingo una silueta, pero no me da tiempo a actuar, alguien me amordaza por la espalda y me venda los ojos. Intento moverme, pero aparecen otras dos manos y me atan de pies y de manos, ya no me puedo mover. Quiero gritar pero no me sale la voz. Todo está oscuro y no distingo nada a través de la tela. ¿Serán ladrones? Lo dudo, sienten respeto por este lugar y además saben que no hay nada que robar… No se me ocurre quien puede ser. Alguien habla.
– Venga, cógelo y vamos al sótano, que allí nos espera Yámial.
¿Yámial? ¿Qué pintará él en todo esto…? La voz se parece a la de los gemelos… Uno de ellos debe de ser a quien vi y el otro es quien me amordazó. Noto como uno de ellos me coge en brazos y salimos de mi habitación con rumbo a los sótanos. Nunca este trayecto se me hizo tan largo (tampoco es que lo haya hecho muchas veces, la verdad). No sé qué querrán hacer conmigo. No puedo evitar pensar en lo que me “dijo” Yámial a la hora de la cena. “Te mato”… Espero que no lo diga en serio, porque si es así soy hombre muerto, y nunca mejor dicho…, jeje. Un buen chiste para un mal momento.

– Por fin llegasteis, gracias a Dios. –Ya hemos llegado a los sótanos, y la voz que nos da la bienvenida sin duda es la de Yámial– Dejad al niñato ese en el piso de abajo.
Hacía tiempo que no iba por los sótanos pero sé a qué se refiere. En el sótano hay una gran explanada y sobre ella unos balcones. El sótano se usa para practicar invocaciones colectivas o para alguna competición o duelo, pero esto último es más escaso aún que lo primero. Los balcones están destinados para los espectadores o los profesores. Bajamos aún más escalones para llegar a donde Yámial les había ordenado. Me dejan en el suelo sin mucha delicadeza, como si fuese un fardo. Luego me quitan la venda que me tapaba los ojos y la mordaza. Y estaba en lo cierto. El que me acaba de desamordazar es uno de los gemelos, el otro está junto a Yámial en uno de los balcones. El gemelo que estaba junto a mí se va, cerrando a cal y canto la puerta que conduce a los balcones. Sube de nuevo las escaleras y se sitúa al otro lado de Yámial.
– Bienvenido, oh, poderoso Lanwey –No me gusta cómo ha dicho eso, ya que además de usar ese tono irónico, lo acompaña con una teatral reverencia– Te voy a demostrar a ti, a Nesliz y a Siong que no mereces estar aquí. ¿Conoces la invocación de Fenris, o Fenrir, como quieras llamarlo? Por cierto, ¿has visto que bonita luna hay hoy en el cielo? Está llena –sonríe con malicia–.
No, no puede ser. Todo el mundo sabe que Fenris es un lobo de gran tamaño, que siempre está ávido de sangre. Según la mitología, ahora está atado a una piedra con un hilo más fuerte que una cadena. Hay quien afirma que es el padre de los hombres lobo o licántropos. Además, como ya ha señalado Yámial, hoy hay luna llena. No serían capaces de hacerme esto, sería inhumano. No puedo articular palabra. Para hacer tal invocación, además de poder, se necesita un ritual que incluye dibujos en el suelo y velas, como los demás pero mucho más complejos. Esperaba no verlo, pero sí, delante de mí en el otro extremo hay un conjunto de velas. No me gusta nada esto.
– No lo haréis ¿Verdad? Eso… ¡Eso sería inhumano!
– Oh, sí que lo haremos y disfrutaremos con ello. Si no, no haberte pavoneado delante de Nesliz. Atente a las consecuencias de tus actos. –Yámial dice esto con ira.– Hoy aprenderás a no hacerlo delante de nadie, si es que logras salir de esta, claro. Vamos, amigos, comencemos la invocación para demostrar a este hombre, si se merece ser llamado así por mucho tiempo, que no es nada… ni nadie.
Tendré suerte si salgo vivo de esta, maniatado no puedo conjurar, ni nada. La muerte empieza a sonar en mis oídos en forma de conjuros recitados en arcano entre los tres que están en el balcón esperando ver un bonito espectáculo. La invocación, para mi desgracia, es correcta. La conozco pero nunca la he usado (yo nunca le he hecho esto a nadie, es muy cruel…; pero no me deja de asombrar lo cruel que pude llegar a ser el ser humano.) ¿No se dan cuenta de que si algo sale mal este lobo devorará a toda persona que se encuentre por delante? Si no lo dominan se escapará por la torre y será una masacre… Pero parece que están cegados por la ira.
Noto como las lágrimas vienen a mis ojos, no sé qué es peor, convertirme en licántropo o morir. Como la teoría de que de él nacen los licántropos no está confirmada, no sé si lo que me espera es ser devorado por el lobo, sediento de sangre y de carne fresca, o convertirme en una bestia todas las noches de luna llena. Observo cómo cerca de las velas se empieza a ver una aureola cobriza, cada vez más nítida.  Ya se puede vislumbrar la silueta de un lobo de gran tamaño. Mis compañeros –por llamarles de alguna manera, puesto que, compañeros, ya no lo son– se callan y me miran. Yámial disfruta viendo el miedo en mis ojos y tiene una sonrisa triunfante. El lobo se distingue a la perfección ya. Me mira con unos ojos amarillos que seguro que, si sobrevivo, aparecerán en todas mis pesadillas. El lobo sonríe al ver que hoy comerá algo, ya que donde él está apresado no come, sobrevive sólo por el hecho de ser inmortal. Tiene el pelaje largo y de color castaño casi negro. La boca, chorreante de saliva, muestra unos colmillos afilados como cuchillas, que sin duda me desgarrarían la piel sin hacer esfuerzo alguno. Aúlla de felicidad, me mira, y se relame como si me saboreara de antemano. Comienza a andar hacía mí, pero deja de andar para correr. Y yo no tengo nada más que hacer que ver como se acerca, con una mirada de pánico.

El lobo ya está a unos metros de mí y parece que se detiene. Pero es una ilusión, sólo está dándose impulso para dar el salto definitivo antes de mi muerte. Abre las fauces y salta hacia mí. Cierro los ojos, no quiero mirar. Entonces noto unos afilados colmillos, como pequeños cuchillos de cocina que se clavan en mi cuello. El dolor es insufrible, pero lo más curioso es una extraña fuerza, como un escalofrío que me recorre todo el cuerpo. El lobo retrocede: algunos animales, una vez hieren a su víctima, esperan a que se muera desangrada para evitar heridas innecesarias; pero no creo que este sea el caso. Hay algo de mí que me da nuevas fuerzas; es extraño, me parece sentir como ha dejado de manar sangre de mi cuello. Siento como si un Lan que no conozco acabara de despertar. No controlo mi cuerpo, soy un mero espectador. Haciendo fuerza, algo que nunca tuve, rompo mis ataduras. Me levanto y miro fijamente al lobo. Éste me gruñe, pero es un gruñido de miedo, o al menos eso creo yo, por un instante me ha parecido haberle entendido decir “¡Tú!”... Todo esto es cada vez más raro, pero no puedo evitar seguir teniendo miedo.
– Vete, Fenrir, puedes marchar –le digo con una voz que no es la mía; ésta es más grave y profunda. No entiendo lo que le he pedido al lobo, no tiene sentido. Sólo los más grandes invocadores pueden despedir a una criatura que no han invocado ellos mismos.
 El lobo parece dudar, pero clavo mi mirada en él y entonces gime, mete el rabo entre las piernas y huye hacia el conjunto de velas. Finalmente, tras unos segundos, desaparece igual que vino. Me siento mal, raro. No controlo mis movimientos, algo dentro de mí lo hace en mi lugar. Miro a las tres personas que han observado la escena, todos tienen una mirada de horror en los ojos. Cuando ven mi mirada, llena de odio, los tres salen corriendo y desaparecen, subiendo las escaleras a trompicones y gritando. ¿A dónde se creen que van? No les voy a dejar libres, después de humillarme así… Espera, así no pienso yo… ¿Será esto lo que les pasa a los licántropos? No, no, no… ¿Qué haré ahora? ¿Y si hago daño a alguien? Casi no me quedan fuerzas de voluntad para luchar contra el otro ser que habita en mi interior. Con esas fuerzas me miro las manos, se están cubriendo de un pelo plateado, no puede ser. Se me nubla la vista, no física sino la de la razón. Una persona entra en la sala. Es Siong. Todo se vuelve negro.

Me despierto, sigo en la misma sala y la luz entra por una ventana minúscula. Espero que lo del lobo sólo haya sido una pesadilla, que en realidad sólo me hayan dado una paliza o algo por el estilo. Pero me encuentro genial, y eso no es bueno, porque después de una paliza no sueles encontrarte tan bien. Voy a intentar andar. No puedo, hay algo a mis pies que me impide levantarme… Está inmóvil y pesa. Miro esperando que no sea lo que pienso. Pero lo es, es el cadáver pálido de Siong, ensangrentado y con marcas de garras y colmillos. No, no puede ser… Eso sólo quiere decir una cosa… Soy un asesino, he asesinado a mi propio maestro. Noto cómo me caen unas lágrimas por los carrillos. ¿Quién me dará ahora golpes con su bastón? ¿Quién me llamará vago? ¿Quién me insultará con el nombre de veinte comidas diferentes? Alguien entra en la sala. Aunque apenas haya hecho ruido lo oigo perfectamente. Me giro y, como mi oído acaba de mostrarme, veo a una persona: Nesliz.
– Hola Lan, veo que ya despertaste. –Habla con una voz neutra, sin matices ni entonación.
– Nesliz, verás… Yo… –Me tiembla la voz y tampoco sé qué decir.
– No te preocupes, ya lo saben todos, los chicos… –Se referirá a Yámial y los gemelos– lo han confesado todo –suspira–, incluido el asesinato de Siong. El resto de los responsables ya han decidido lo que harán contigo.
Esto no me gusta, normalmente a los licántropos los matan en cuanto se sabe de ellos, por eso apenas quedan en el mundo, y, si quedan, ocultan su existencia muy bien. ¿Harían lo mismo conmigo? Siento horror, pánico… Estoy seguro de que se leerá en mi rostro como un libro abierto.
– Me… ¿Me van a matar? –Digo con la voz temblorosa… No es una pregunta muy agradable de pronunciar.
– No, han acordado que te darán ventaja, hoy podrás recoger tus pertenencias y marcharte, mañana te perseguirán como a un hombre lobo más. Todo eso lo hacen porque saben que ha sido un complot de estos y que no ha sido cosa tuya, pero sigues siendo un licántropo, y por eso te perseguirán. Lo siento.
Parece desmoronarse, pero no me importa. Hoy tendré que abandonar todo lo que más quiero. Incluida a la propia Nesliz, que ahora acaba de irse y me ha dejado solo con Siong. Me levanto y me dispongo a ir a mi habitación por última vez.
– Gracias por todo, Siong.

Una lágrima cae sobre el cadáver de la persona que ha sido mi maestro, un educador en todo tipo de materias… pero que, ante todo, ha sido como un padre para mí.