Llegamos
a la plaza con la respiración entrecortada, sobretodo ella, ya que yo soy joven
aún. Un niño se nos acerca con su mirada inocente.
– El
señor feo me ha dicho que os dijera que Jeremiah está bien por ahora. Que
hagáis como todos los viernes.
Dicho
esto, el niño se marcha tan feliz, sin esperar respuesta; al fin y al cabo, ha
cumplido su trabajo. Posiblemente le
hayan prometido una pequeña propina por hacer un trabajillo que a él le parece
una estupidez. Seguramente no se le haya ocurrido que en realidad es el
portavoz de un secuestrador.
– Yian,
tranquila, encontraremos a Jeremiah, no se preocupe. Yo iré a la zona de los
participantes. Le prometo que le encontraré y haré pagar esto a quien lo haya
maquinado.
Voy al
puesto de inscripción. Lo lleva un chico joven de unos veinte años, de ojos
almendrados y pelo castaño claro. Es una de las pocas personas del pueblo que
me conocen más o menos bien (es decir: dónde vivo, edad y poco más).
– Muy
buenas, Ner, felicidades y que cumplas muchos más. –Cierto, es mi cumpleaños,
pero no le doy ni las gracias, tengo otros asuntos en mente.– ¿Qué? ¿Piensas
volver a ganar hoy? –Sonríe, esperando que le diga algo.– Te veo algo tensa,
tranquila no hay ningún participante especial, no te preocupes.
Dicho
eso me entrega mi papel con mis datos y mi número, yo lo recojo y ni siquiera
me molesto en comprobar mi número de participación ni nada. Me voy sin más. Él
se queda mirándome con un gesto de asombro, me doy cuenta de que no le he
contestado. No estaba a lo que estaba, mi cabeza está pensando en Jeremiah.
Busco
con la mirada a algún niño dentro de la sala de espera para los participantes.
Normalmente, estaría analizando desde la sombra a mis contrincantes, pero esta
vez levanto la vista y miro inquieta a mi alrededor. Oigo mi nombre.
–
Nerwana y Sawn, afuera. Es vuestro turno.
Es el
típico tipo duro y musculoso que trabaja en el campo y quiere ganarse un
sueldillo extra. No me preocupa en exceso. Más bien se preocupa él, sabe que
tiene pocas posibilidades de salir victorioso. Al oír que saldrá conmigo le oigo
maldecir por lo bajo su suerte, mas recobra la compostura y se mentaliza para
creer que me puede vencer, o al menos eso veo en su mirada. Eso le hace un digno contrincante.
Salimos al exterior y la plaza, llena a rebosar, expresa su emoción y nos vitorea.
La gente dice que doy el espectáculo, y por eso les gustan mis combates; en
realidad, yo lucho con normalidad, pero, según ellos, soy una estela que se
mueve a la velocidad del rayo. Busco con la mirada a Jeremiah, pero no le veo.
Dejo mi capa en un lado de la plaza, en una de las verjas que separan el
terreno de juego de la multitud. El árbitro alza la voz para presentar a los
dos contrincantes. Cuando dice primero el nombre de mi rival se oye algún que
otro vítor. Cuando dice el mío, la plaza estalla. Justo antes de que el árbitro
dé la señal de comienzo, alguien habla:
– Alto,
detengan el combate. –Junto al palco reservado para el Alcalde hay un hombre
con un niño. Ese niño llora y es… Jeremiah.– Hola a todos, me llamo Louis y soy
un caza recompensas. He rescatado niños, luchado contra vampiros y cazado
hombres lobo…
Es el
hombre de ayer, y creo que eso que dice se lo tiene él muy creidillo. No le creo ni la mitad. Sinceramente, no le
creo nada de lo que está diciendo, incluso dudaría de la veracidad de su
nombre. En fin… Eso es lo que menos me ha de preocupar ahora.
– Pero
esta mañana oí mencionar a una conciudadana vuestra algunas extrañas facultades
que posee, que la delatan como un ser semihumano, es decir, medio monstruo. Salvó
a un niño desapareciendo de un lugar y apareciendo junto al niño para volver a
desaparecer. Si esto es así, no me opondría a ajusticiarla a la antigua usanza,
con una espada bien afilada. –Oh, Dios
mío. Este hombre quiere venganza. Y eso no me gusta, sobre todo sabiendo
que tiene al pequeño.– Yo os diré quién es y os lo demostraré. La persona es… –hace
una tétrica pausa, aunque yo ya sabía la respuesta– la gran luchadora Nerwana.
Sí, sí, aquella que tenéis delante y que tantas veces ha resultado vencedora de
estos torneos. Esa Nerwana a la que todos conocéis y vitoreáis en esta plaza
una vez a la semana. –El público no dice nada, hasta dudo que respiren.– ¿No me
creéis? Os haré una pequeña demostración.
¿Qué pretende hacer? Está
en el balcón elevado junto al alcalde y no parece armado. Coge a Jeremiah, que
resulta estar atado de pies y manos, y le alza sobre su cabeza. ¡Lo va a tirar por el balcón!
– ¿Qué?
¿Ya te has dado cuenta de mi intención? Sí, le voy a dejar caer. –Se oye un
grito ahogado que será de Yian.– Si no apareces aquí y le recoges morirá al
instante, si tiene suerte, si no… agonizará. Tú decides.
– Mamá,
quiero a mi mami. –Llora el pequeño a pleno pulmón. Esos gritos me desgarran el
alma. Ese niño está al borde de la muerte
por segunda vez en un mismo día.
No tengo opción, le va a arrojar. La
plaza está en silencio por la expectación. Algunos están paralizados de terror,
otros parecen creer que es una especie de teatrillo, pero pocos se dan cuenta
de la crudeza de la realidad. Planee lo
que planee ese sinvergüenza, he de salvar a ese niño. Deseo estar allí, lo
deseo con todas mis fuerzas. Noto la sensación en la tripa y el erizamiento del
pelo de la nuca, y luego mucha fatiga. Es
una distancia más larga que la de antes con el carro. Aparezco a la espalda
de Louis, justo donde he pensado. Oigo un murmullo de asombro proveniente de
toda la plaza. Ahora todo el pueblo
conoce mi reciente habilidad. Cojo a Jeremiah antes de que se dé cuenta.
Desafortunadamente, él lo ha previsto: se gira con gran velocidad y me clava un
cuchillo en el brazo. Ese cuchillo arde. No puedo evitar lanzar un chillido.
Estoy acostumbrada a los cortes pero éste, no sé por qué, es especialmente
doloroso. Intento evocar la imagen del lugar en el centro de la plaza pero no
me concentro. Al menos tengo a mi amiguito en brazos, y eso me reconforta algo,
aunque no alivia el dolor.
–
¿Habéis visto todos? Sois todos testigos. –Le miro con odio, ¿Por qué me hace esto? ¿Qué es este cuchillo
que me esta quemando la piel?– No me mires así monada, éste cuchillo es
simple plata. Es curioso que a todos los que no sois humanos del todo os es
increíblemente dañino, os arrebata todo el poder de vuestra otra entidad.
Ríe. Y
nadie se ríe de mí así. Está delante de mí, riendo a carcajada tendida y
mirando al cielo, saboreando su venganza. Pero
no será la humillación que él se ha imaginado si yo puedo evitarlo. Lanzo
mi pierna a donde más le duele, con lo que grita y cae al suelo entre sollozos,
y con él, el molesto cuchillo.
– Pero,
por mucho que sea de plata, no afecta a mi parte humana.
La
plaza ríe la gracia. El Alcalde me mira con sorpresa, pero no con miedo. Libero
al niño de sus ataduras. Éste se agarra a mí, asustado y gimoteando.
–
Señor, si me lo permitís, –me dirijo al señor de pelo cano y un poco rechoncho
que está a mis espaldas y es el Alcalde de este pueblo– llevaré a este niño
junto a su madre, luego escucharé vuestro veredicto.
–
Adelante.
Veo a
Yian en la plaza, intentando saltar la verja. Lo logra con la ayuda de la
multitud. Estoy agotada pero aún tengo fuerzas para un último teletransporte.
Deseo estar junto a ella y llevar conmigo al pequeño. Cierro los ojos y esta
vez la sensación es menor. Mi cuerpo se
está acostumbrando ya a lo que quiera que sea esto. Aparezco junto a ella. Suelto
a Jeremiah para que vuelva con ella. Éste corre y ambos se abrazan y lloran.
– Mami,
mami…
– Hijo,
gracias a Dios que estás bien. Gracias Ner, gracias, gracias.
– No ha
sido nad… –No puedo continuar porque se me quiebra la voz.
Algo se
ha clavado en mi espalda, a la altura de mi hombro, más abajo, y abrasa: una
flecha de plata. El cansancio me ataca de golpe y todo se vuelve negro. Oigo
los gritos de una madre y un hijo y… nada más.
–
¿Estás bien? –dice una voz conocida, es Yian. Estamos en su casa. Ella y
Jeremiah esperan mi respuesta con atención.
– Sí,
sí… Más o menos –les tranquilizo–. ¿Qué pasó después de la flecha? –Intento
levantarme pero un dolor muy agudo sacude toda mi espalda.
– No,
no te levantes –me dice Yian, mientras su hijo asiente a todo lo que su madre
dice–. Ese desgraciado lanzó la flecha contra ti, alegando que no merecías vivir.
Todo el pueblo se puso a tu lado y te defendió, incluso el Alcalde alegando que
no habías hecho nada malo y que no habías hecho uso de tus habilidades en
ningún torneo. Expulsaron a ese hombre del pueblo y le han prohibido la
entrada.
– Eso
es bueno –sonrío–. ¿Pero qué harán conmigo?
– El
Alcalde propuso que no pudieras volver a participar en los torneos –Es justo y lógico la verdad, si sólo es eso…–
Tranquila, no te harán daño. Han estimado que puedes ser de ayuda y no dañina
para el pueblo, todo el mundo sabe que eres una buena persona. Dijo que te
podrían llamar para pedirte favores y pagarte por ello. Que si tenías alguna
duda o problema, fueras a verle. Da las gracias a que tenemos un buen Alcalde.
– Sí,
otro hubiese querido rebanarme el pescuezo y venderme a nigromantes. Voy ahora
mismo a darle las gracias… –Vuelvo a intentar levantarme, pero Jeremiah se tira
sobre mí.
– Mamá
dijo que no te levantaras –dice actuando como si fuese un hermanito pequeño.
Sonrío,
todo ha salido bien y el pueblo me aprecia, estoy segura allí.
He pasado
dos días más en cama, Yian cuida bien de mí. Además me dice como avanza mi
evolución. Mi pelo se ha vuelto azul y con un par de mechones plateados. De las
dos rayas de mi espalda acababan de nacer dos pequeñas alitas como las de los
murciélagos, o como las de los dragones según Yian, de color azul oscuro. Por
ahora sólo son del tamaño de medio brazo e inútiles y apenas consigo moverlas.
De mi otra mancha, bueno… ha nacido una cola, más bien un muñón de color
azulado, aún está creciendo, al igual que las alas. Según Yian, aún me queda
bastante tiempo, una o dos semanas, hasta lograr mi forma definitiva. Sé que
ambas cosas, cuando crezcan del todo, serán un pequeño problema para la ropa.
Por ahora no me afecta demasiado y, además, siempre puedo ir con la capa
tapándome. Hoy es el primer día que salgo a la calle y lo primero que haré será
ver al alcalde.
Por la
calle hay diversas reacciones, algunos me saludan y me sonríen, otros aparatan
la mirada o se alejan. Yo, a los primeros, les saludo; con los demás, paso de largo.
Algunos incluso preguntan por mi estado o por cómo me encuentro; yo les
contesto con una sonrisa de oreja a oreja: nadie se había interesado por mí en
mucho tiempo.
Llego a
la entrada del ayuntamiento. Le digo el motivo de mi visita a uno de los
guardias, que me dice que le acompañe y me lleva ante el Alcalde. El despacho
de éste es amplio, con un par de cuadros, una chimenea y un perro de compañía.
El perro, cuando llego, alza la cabeza, luego la baja, pero me sigue mirando, y
gruñe cuando paso cerca de él para ir junto al Alcalde. Una alfombra cubre el
suelo y componen el mobiliario tan sólo una mesa y tres sillas, una para el
alcalde y dos para los visitantes. El alcalde me sonríe y me indica que tome
asiento. Le doy las gracias y me siento.
– Me
alegro que te hayas recuperado, ese idiota te lanzo esa flecha sin mi permiso.
Por suerte, no te mató. ¿Ya te han contado lo que dicté?
– Sí
señor, gracias por todo. Aún así, seguiré viviendo en el bosque, si no os
molesta. Pero querría preguntarle si hay algún lugar donde pueda instalarme
aquí en la ciudad, para que, si algún ciudadano me necesitara, pueda ir allí.
– Sin
problema, me alegra que tengas ganas de ayudar a los demás –dice sonriente–. Te
puedo ofrecer un pequeño establecimiento que está cerca de la iglesia. Será
como este despacho de grande… No es mucho que se diga… Pero ¿para qué más? ¿No?
Te gustará. Está entre la taberna Redhouse y la sastrería. ¿Te orientas?
– Sí,
gracias. ¿Cuánto debería pagar? –Aquí, en
esta vida, nada es gratis.
– Nada,
tan sólo querría que me hicieras un favor a cambio. Mi hija ha perdido a su
gatito y está muy disgustada. Habla con ella y te dará más información. Con
esto, considera pagado tu establecimiento. ¿Conforme con tu nuevo trabajo?
Sonrío,
esto está genial, actividades variadas y que además servirán de ayuda a los
habitantes del pueblo.
– Sí
señor, muchísimas gracias, ahora mismo hablaré con su hija. Hoy mismo jugará
con su gato antes de irse a dormir.
– Eso
espero, mejórate pronto y ya informaré a los ciudadanos sobre tu ubicación.

