No sé qué hora será pero me ha parecido oír
un ruido. Miro a mi alrededor. La mesilla con mis guantes y la flauta
está en orden, por un momento he pensado que a lo mejor se había caído la
flauta o algo así, pero no. Me giro hacia el otro lado y distingo una silueta,
pero no me da tiempo a actuar, alguien me amordaza por la espalda y me venda
los ojos. Intento moverme, pero aparecen otras dos manos y me atan de pies y de
manos, ya no me puedo mover. Quiero gritar pero no me sale la voz. Todo está
oscuro y no distingo nada a través de la tela. ¿Serán ladrones? Lo dudo, sienten respeto por este lugar y además
saben que no hay nada que robar… No se me ocurre quien puede ser. Alguien
habla.
–
Venga, cógelo y vamos al sótano, que allí nos espera Yámial.
¿Yámial? ¿Qué pintará él en todo esto…? La voz se parece a la de los gemelos… Uno de
ellos debe de ser a quien vi y el otro es quien me amordazó. Noto como uno
de ellos me coge en brazos y salimos de mi habitación con rumbo a los sótanos.
Nunca este trayecto se me hizo tan largo (tampoco es que lo haya hecho muchas
veces, la verdad). No sé qué querrán
hacer conmigo. No puedo evitar pensar en lo que me “dijo” Yámial a la hora
de la cena. “Te mato”… Espero que no lo
diga en serio, porque si es así soy hombre muerto, y nunca mejor dicho…, jeje. Un buen chiste para un mal momento.
– Por
fin llegasteis, gracias a Dios. –Ya hemos llegado a los sótanos, y la voz que
nos da la bienvenida sin duda es la de Yámial– Dejad al niñato ese en el piso
de abajo.
Hacía
tiempo que no iba por los sótanos pero sé a qué se refiere. En el sótano hay una
gran explanada y sobre ella unos balcones. El sótano se usa para practicar
invocaciones colectivas o para alguna competición o duelo, pero esto último es
más escaso aún que lo primero. Los balcones están destinados para los
espectadores o los profesores. Bajamos aún más escalones para llegar a donde
Yámial les había ordenado. Me dejan en el suelo sin mucha delicadeza, como si
fuese un fardo. Luego me quitan la venda que me tapaba los ojos y la mordaza. Y
estaba en lo cierto. El que me acaba de desamordazar es uno de los gemelos, el
otro está junto a Yámial en uno de los balcones. El gemelo que estaba junto a
mí se va, cerrando a cal y canto la puerta que conduce a los balcones. Sube de
nuevo las escaleras y se sitúa al otro lado de Yámial.
–
Bienvenido, oh, poderoso Lanwey –No me gusta cómo ha dicho eso, ya que además
de usar ese tono irónico, lo acompaña con una teatral reverencia– Te voy a
demostrar a ti, a Nesliz y a Siong que no mereces estar aquí. ¿Conoces la
invocación de Fenris, o Fenrir, como quieras llamarlo? Por cierto, ¿has visto
que bonita luna hay hoy en el cielo? Está llena –sonríe con malicia–.
No, no puede ser. Todo
el mundo sabe que Fenris es un lobo de gran tamaño, que siempre está ávido de
sangre. Según la mitología, ahora está atado a una piedra con un hilo más
fuerte que una cadena. Hay quien afirma que es el padre de los hombres lobo o
licántropos. Además, como ya ha señalado Yámial, hoy hay luna llena. No serían
capaces de hacerme esto, sería inhumano. No puedo articular palabra. Para hacer
tal invocación, además de poder, se necesita un ritual que incluye dibujos en
el suelo y velas, como los demás pero mucho más complejos. Esperaba no verlo,
pero sí, delante de mí en el otro extremo hay un conjunto de velas. No me gusta nada esto.
– No lo
haréis ¿Verdad? Eso… ¡Eso sería inhumano!
– Oh,
sí que lo haremos y disfrutaremos con ello. Si no, no haberte pavoneado delante
de Nesliz. Atente a las consecuencias de tus actos. –Yámial dice esto con ira.–
Hoy aprenderás a no hacerlo delante de nadie, si es que logras salir de esta,
claro. Vamos, amigos, comencemos la invocación para demostrar a este hombre, si
se merece ser llamado así por mucho tiempo, que no es nada… ni nadie.
Tendré suerte si salgo vivo de esta,
maniatado no puedo conjurar, ni nada. La muerte empieza a sonar en
mis oídos en forma de conjuros recitados en arcano entre los tres que están en
el balcón esperando ver un bonito espectáculo. La invocación, para mi
desgracia, es correcta. La conozco pero nunca la he usado (yo nunca le he hecho
esto a nadie, es muy cruel…; pero no me deja de asombrar lo cruel que pude
llegar a ser el ser humano.) ¿No se dan
cuenta de que si algo sale mal este lobo devorará a toda persona que se
encuentre por delante? Si no lo dominan se escapará por la torre y será una
masacre… Pero parece que están cegados por la ira.
Noto
como las lágrimas vienen a mis ojos, no sé qué es peor, convertirme en
licántropo o morir. Como la teoría de que de él nacen los licántropos no está
confirmada, no sé si lo que me espera es ser devorado por el lobo, sediento de
sangre y de carne fresca, o convertirme en una bestia todas las noches de luna
llena. Observo cómo cerca de las velas se empieza a ver una aureola cobriza,
cada vez más nítida. Ya se puede
vislumbrar la silueta de un lobo de gran tamaño. Mis compañeros –por llamarles
de alguna manera, puesto que, compañeros, ya no lo son– se callan y me miran.
Yámial disfruta viendo el miedo en mis ojos y tiene una sonrisa triunfante. El
lobo se distingue a la perfección ya. Me mira con unos ojos amarillos que
seguro que, si sobrevivo, aparecerán en todas mis pesadillas. El lobo sonríe al
ver que hoy comerá algo, ya que donde él está apresado no come, sobrevive sólo
por el hecho de ser inmortal. Tiene el pelaje largo y de color castaño casi
negro. La boca, chorreante de saliva, muestra unos colmillos afilados como
cuchillas, que sin duda me desgarrarían la piel sin hacer esfuerzo alguno.
Aúlla de felicidad, me mira, y se relame como si me saboreara de antemano.
Comienza a andar hacía mí, pero deja de andar para correr. Y yo no tengo nada
más que hacer que ver como se acerca, con una mirada de pánico.
El lobo
ya está a unos metros de mí y parece que se detiene. Pero es una ilusión, sólo
está dándose impulso para dar el salto definitivo antes de mi muerte. Abre las
fauces y salta hacia mí. Cierro los ojos, no quiero mirar. Entonces noto unos
afilados colmillos, como pequeños cuchillos de cocina que se clavan en mi
cuello. El dolor es insufrible, pero lo más curioso es una extraña fuerza, como
un escalofrío que me recorre todo el cuerpo. El lobo retrocede: algunos
animales, una vez hieren a su víctima, esperan a que se muera desangrada para
evitar heridas innecesarias; pero no creo que este sea el caso. Hay algo de mí
que me da nuevas fuerzas; es extraño, me parece sentir como ha dejado de manar
sangre de mi cuello. Siento como si un Lan que no conozco acabara de despertar.
No controlo mi cuerpo, soy un mero espectador. Haciendo fuerza, algo que nunca
tuve, rompo mis ataduras. Me levanto y miro fijamente al lobo. Éste me gruñe,
pero es un gruñido de miedo, o al menos eso creo yo, por un instante me ha
parecido haberle entendido decir “¡Tú!”... Todo esto es cada vez más raro, pero
no puedo evitar seguir teniendo miedo.
– Vete,
Fenrir, puedes marchar –le digo con una voz que no es la mía; ésta es más grave
y profunda. No entiendo lo que le he
pedido al lobo, no tiene sentido. Sólo los más grandes invocadores pueden
despedir a una criatura que no han invocado ellos mismos.
El lobo parece dudar, pero clavo mi mirada en
él y entonces gime, mete el rabo entre las piernas y huye hacia el conjunto de
velas. Finalmente, tras unos segundos, desaparece igual que vino. Me siento
mal, raro. No controlo mis movimientos, algo dentro de mí lo hace en mi lugar.
Miro a las tres personas que han observado la escena, todos tienen una mirada
de horror en los ojos. Cuando ven mi mirada, llena de odio, los tres salen
corriendo y desaparecen, subiendo las escaleras a trompicones y gritando. ¿A dónde se creen que van? No les voy a dejar libres, después de
humillarme así… Espera, así no pienso yo… ¿Será esto lo que les pasa a los
licántropos? No, no, no… ¿Qué haré ahora? ¿Y si hago daño a alguien? Casi
no me quedan fuerzas de voluntad para luchar contra el otro ser que habita en
mi interior. Con esas fuerzas me miro las manos, se están cubriendo de un pelo
plateado, no puede ser. Se me nubla la vista, no física sino la de la razón.
Una persona entra en la sala. Es Siong. Todo se vuelve negro.
Me
despierto, sigo en la misma sala y la luz entra por una ventana minúscula. Espero que lo del lobo sólo haya sido una
pesadilla, que en realidad sólo me hayan dado una paliza o algo por el estilo.
Pero me encuentro genial, y eso no es bueno, porque después de una paliza no
sueles encontrarte tan bien. Voy a
intentar andar. No puedo, hay algo a mis pies que me impide levantarme…
Está inmóvil y pesa. Miro esperando que no sea lo que pienso. Pero lo es, es el
cadáver pálido de Siong, ensangrentado y con marcas de garras y colmillos. No, no puede ser… Eso sólo quiere decir una
cosa… Soy un asesino, he asesinado a mi propio maestro. Noto cómo me caen
unas lágrimas por los carrillos. ¿Quién
me dará ahora golpes con su bastón? ¿Quién me llamará vago? ¿Quién me insultará
con el nombre de veinte comidas diferentes? Alguien entra en la sala.
Aunque apenas haya hecho ruido lo oigo perfectamente. Me giro y, como mi oído
acaba de mostrarme, veo a una persona: Nesliz.
– Hola
Lan, veo que ya despertaste. –Habla con una voz neutra, sin matices ni
entonación.
–
Nesliz, verás… Yo… –Me tiembla la voz y tampoco sé qué decir.
– No te
preocupes, ya lo saben todos, los chicos… –Se
referirá a Yámial y los gemelos– lo han confesado todo –suspira–, incluido
el asesinato de Siong. El resto de los responsables ya han decidido lo que
harán contigo.
Esto no me gusta, normalmente a los
licántropos los matan en cuanto se sabe de ellos, por eso apenas quedan en el
mundo, y, si quedan, ocultan su existencia muy bien. ¿Harían lo mismo conmigo? Siento
horror, pánico… Estoy seguro de que se leerá en mi rostro como un libro
abierto.
– Me…
¿Me van a matar? –Digo con la voz temblorosa… No es una pregunta muy agradable
de pronunciar.
– No,
han acordado que te darán ventaja, hoy podrás recoger tus pertenencias y
marcharte, mañana te perseguirán como a un hombre lobo más. Todo eso lo hacen
porque saben que ha sido un complot de estos y que no ha sido cosa tuya, pero
sigues siendo un licántropo, y por eso te perseguirán. Lo siento.
Parece
desmoronarse, pero no me importa. Hoy tendré que abandonar todo lo que más
quiero. Incluida a la propia Nesliz, que ahora acaba de irse y me ha dejado
solo con Siong. Me levanto y me dispongo a ir a mi habitación por última vez.
–
Gracias por todo, Siong.
Una
lágrima cae sobre el cadáver de la persona que ha sido mi maestro, un educador
en todo tipo de materias… pero que, ante todo, ha sido como un padre para mí.

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