Un
nuevo día comienza. Es temprano, como siempre, apenas despunta el sol por el
horizonte. Hoy no he dormido bien, he tenido un sueño agitado, aunque no me
acuerdo de nada. Lo sé, sé que no era un sueño alegre y feliz precisamente; además mis sabanas están revueltas y mi
corazón late a cien por hora. No sé por
qué será… ¿Qué habré soñado? Da
igual, tengo que prepararme para el torneo. Cojo un par de manzanas, la
ropa y mis espadas. Nunca me separo de ellas, son ya casi parte de mí. Salgo de
la cueva y me dirijo al riachuelo que hay no muy lejos de aquí.
Comienzo
a comer las dos manzanas. Hoy no desayuno mucho porque luego en el torneo me
siento pesada y eso influye, esto lo sé por la cantidad de tiempo que me costó
encontrar el desayuno ideal para estas ocasiones.
Me han
sabido a gloria, me gustan mucho las manzanas, y además estas están muy
jugosas. Me quito la ropa y la dejo cerca, en la rama de un árbol (que ya hace
las veces de perchero). Entro en el agua. Está fría, otra persona diría helada,
pero así es como me gusta. Además así me espabila. Me lavo bien y veo algo raro
en el reflejo. Mi pelo… Ya no es del mismo color, se está volviendo azulado.
Pero ¿cuándo ha pasado?, ¿en esta noche? Qué
extraño… A lo mejor he dormido sobre alguna baya… No me preocupo demasiado
y comienzo a frotarlo esperando ver cómo se quita. Pero no cambia. Hay algo
plateado también… ¿Qué le ha pasado a mi
pelo? ¿Habrá cambiado algo más? ¿Es casualidad que, hoy que es mi cumpleaños,
pase esto? No lo sé, me empiezo a inquietar y comienzo a observar todo mi
cuerpo, preocupada porque algo más haya cambiado. Cada vez veo más inverosímil
la idea de que esto haya sido causado por una baya. Hallo tres cosas raras,
vamos, que no deberían estar ahí. En mi espalda han nacido dos líneas azules
oscuras, como mi pelo. Pero no es más, por ahora… Algo similar ha salido en…, bueno…,
por así decirlo, en la última vértebra, la rabadilla, o cerca del agujero por
donde nunca entra el sol. Me gustaría seguir investigando si algo más había
cambiado, pero no puedo. Además la imagen no es muy nítida en el reflejo del
agua. Hoy el agua está bastante turbia…
Qué mala suerte. A este paso voy a llegar tarde al torneo… Salgo del agua y
me seco. Todavía le estoy dando vueltas a esto pero no tengo tiempo para entretenerme
demasiado, ya lo veré más tarde. Me visto y cojo las espadas. El sol está
demasiado alto… He de darme prisa, me he entretenido demasiado. Corro hasta la
cueva, dejo la ropa de noche y me pongo la capa y los cinturones con dagas y
salgo corriendo en dirección a la ciudad.
Hay
mucho alboroto en la ciudad hoy, como todos los viernes. Me dirijo a la plaza
central que es donde se celebra el torneo, ya que es el lugar más amplio y
céntrico de la pequeña ciudad. Aquí el torneo tiene gran importancia ya que es
el único entretenimiento aparte de la vida diaria (dentro de vida diaria
incluyo los culebrones del pueblo, adorados por las señoras mayores y no tan
mayores, las historias que los ancianos cuentan a los niños y lo típico de los
pueblos…). La gente se fascina con la agilidad y la destreza de los
participantes, aunque la mayoría son gente del campo que, sobre todo, suelen
ser musculosos, pero lentos. También se pueden reír por alguna treta peculiar o
comentario ocioso (véase reírse a la cara del contrincante y hacer chistes
ingeniosos, pero sin pasarse, porque si no, no lo entienden) Los niños siempre
comentan lo mismo. “Yo quiero ser como…” Yo les sonrío cuando me miran y dicen
que de mayores quieren ser como yo, me parecen muy monos. Oye, ya sé que no me
pega, pero yo también tengo mi corazoncito, ¿eh? La semana pasada me hizo
gracia un niño en concreto. No sé como se llama. Tiene el pelo rubio y los
ojitos verdes, no sobrepasaría los cinco años o así (aunque nunca se me ha dado
muy bien calcular la edad). Lo que me hizo gracia fue que me dijo: “Eres buena,
aunque seas mujer. Si es que las mujeres sois la caña cuando zurráis a
algunos.” Me hizo gracia que un niño de cinco años dijera eso, lo decía con la
inocencia propia de su edad, pero sabía lo que decía. Sin duda admira el genio
que tiene su madre. Le sacudí el pelo y me fui, pero me quedé con la intriga de
saber más sobre ese chiquillo. Al día siguiente me enteré de que era huérfano
de padre. Unos bandidos les asaltaron hace unos meses y su madre les defendió
tanto a él como a su padre herido, que murió a los minutos de la trifulca. Espero ver a ese renacuajo de nuevo hoy, le
he cogido aprecio. Pero le veo en el lugar más inoportuno en el momento más
inoportuno.
Camino
por las aceras del centro de la ciudad, a mi izquierda un sinfín de carros de
caballos van y vienen a gran velocidad. Como os dije, suele haber mucha gente
los viernes, incluso hay gente de los alrededores que vienen exclusivamente
para ver el torneíllo, y de paso, ver el mercado, o viceversa. Yo voy a lo mío,
como me diría mi “ex-padre” mentalizándome para saber lo que debería hacer.
Entonces algo se cruza unos metros más adelante. Una pelota de trapo cae de la
acera a la vía de los caballos. Oigo un grito y, de mi derecha, a la altura donde
había aparecido la pelota, un niño rubio corre tras ella, sin pensar en los
caballos. El grito ha sido de la madre al ver a su hijo en peligro de muerte.
Entonces le reconozco… ¡Es el niño de la semana pasada!
Los
pelos de la nuca se me erizan. ¡No puedo dejar que le pase algo así! Pero estoy
paralizada, no me puedo mover. El chiquillo ha llegado a la mitad de la vía,
donde la pelota se ha quedado quieta por el desnivel de varias piedras. Se
agacha y la coge, sonriente por haber recuperado su querida pelota. Pero lo que
ve al erguirse le aterra. Un carro tirado por dos caballos va hacia él. El
conductor no le ve, ya que el niño no entra en su ángulo de visión. El muchacho
está paralizado de terror, no se mueve. Deseo, como si pudiera, estar allí,
junto al niño. Cierro los ojos con fuerza; siento un cosquilleo en la tripa y
un escalofrío; cuando los vuelvo a abrir veo al niño al alcance de mi mano. ¿Qué? ¿Cómo? Qué más da. El carro viene
hacia nosotros, y sólo puedo hacer una cosa.
Agarro al niño y le abrazo contra mí, vuelvo a pensar en la acera y cierro los
ojos con todas mis fuerzas deseando que ese extraño suceso se repita. Abro los
ojos, y por un momento creo ver el carro de caballos, pero no. Veo a la madre
del niño corriendo hacía mí. Respiro con alivio. Estoy exhausta, y algo
mareada. A pesar de no haber desayunado apenas nada, tengo la tripa revuelta,
pero sobre todo estoy confusa. Pero no me importa, porque estamos vivos. El
niño corre al regazo de su madre con la pelota en la mano. Ambos me miran, la
madre llorando de alegría y el hijo sonriendo, sin darse cuenta de lo cerca que
ha estado la muerte.
– Oh,
gracias al cielo, Jeremiah, estás vivo. Gracias Nerwana, gracias por salvar a
mi hijo. Si hubiera algo que pudiera hacer por ti…
Todos
saben mi nombre; los torneos, como de costumbre, son la razón. No sé lo que he hecho, sin duda este es el
cumpleaños más raro de mi vida. Primero mi pelo, las franjas azules y ahora
esto… ¿Qué me está pasando? Por primera vez en años tengo miedo de lo que
pueda estar pasándome.
–
Querida, estás pálida. Permíteme invitarte a tomar algo antes del torneo. Aún
te queda tiempo y además sé de una taberna cerca de aquí.
– Gra…
Gracias –Tengo miedo de verdad y agradeceré la compañía. En otras
circunstancias me habría negado, esta familia no goza de una economía
resplandeciente como para hacer invitaciones, pero no me encuentro bien y no
llevo nada de dinero encima.
Vamos a
una posada cercana con el nombre de Cirssword. Me suena, pero no sé de qué… No caigo ahora, estoy aún demasiado
nerviosa como para pensar. Entramos y el tabernero saluda a la madre del niño.
Sin duda son conocidos o amigos íntimos.
Para Jeremiah pide un vaso de leche y para nosotras una cerveza aguada. No me
entusiasma, pero reconozco que ahora me apetecería una, me ayudará a calmarme
con su frescor. Nos lo sirven todo al instante. Entonces ella me mira y
comienza a hablarme.
– No sé
si me he presentado, me llamo Yian y soy la madre de Jeremiah, aunque eso
supongo que te lo habrás imaginado. Mi marido murió hace un tiempo. –Su
semblante se oscurece, pero sigue hablando.– Mi hijo te admira, aunque eso creo
que ya lo sabes también. Ahora también te admiro yo. Fuiste a una velocidad
sobrehumana.
Sobrehumano… O de un monstruo. No
dije lo acababa de pensar, Jeremiah se dispone a hablar lleno de berretes
blancos.
– Mama,
no corrió. –Hace una pausa.– Desapareció y apareció a mi lado. Me agarró y
luego aparecimos junto a ti –continúa, susurrando.
La
mujer, me mira y sonríe. No sabe a qué atenerse. Sin duda, ella también se ha
dado cuenta. No sabe de quién fiarse, de su vista y su hijo o de la razón.
– Pero
eso es imposible. –Entonces sonríe.– Eso nunca puede pasar.
– Pues
ha pasado. –He expresado mis pensamientos en voz alta, me doy cuenta al momento
de que no he debido hacerlo. Entonces Yian me mira muy seria y me susurra al
oído.
– Ya lo
sé, pero si la gente se entera, no podrás volver a participar en los torneos.
Así que nadie debe enterarse, al menos si quieres vivir como has estado
haciendo hasta ahora.
Pero
creo que es demasiado tarde. Una silueta nos miraba desde una de las mesas. Me
resulta familiar, pero no he llegado a distinguir a la persona: va cubierta
entera. Cuando me ve mirar en su dirección se dirige a la barra, donde comienza
a conversar con el tabernero, dándome la espalda. No le doy mayor importancia,
otros asuntos me preocupan más.
No lo
puedo aguantar, le cuento a Yian lo que me ha pasado. Se lo cuento como si
fuera mi madre. Le explico que hoy cumplo los diecisiete, y le hablo de las
franjas de mi espalda y del pelo. Jeremiah no lo entiende todo, por lo que se
centra en su vaso de leche.
– En lo
del pelo tienes razón, se ve algo azulado. Tiene un extraño brillo. Y lo otro…
¿Me permitirías verlo? Fui sanadora antes de casarme y venir a vivir aquí. A lo
mejor te puedo ayudar.
Asiento,
un extraño brillo en sus ojos me inspira confianza. Me indica dónde está el
baño y la sigo, le pide a Jeremiah que espere ahí. Entramos en el baño. No es
muy grande, pero más no se puede pedir. Me voy quitando los cinturones;
normalmente no me habría costado mostrar mi espalda porque suelo llevarla al
aire para no oponer resistencia a mis músculos; pero esta vez llevo una
camiseta cerrada. La levanto de tal forma que sólo se me vea la espalda, no
quiero hacer un semidesnudo delante de otra persona: aunque sea mujer también
sigue siendo casi una desconocida. Cuando lo ve, se sorprende y abre al máximo
los ojos. Luego me mira a mí y de nuevo a las marcas. Musita algo por lo bajo
pero no la entiendo.
–
¿Podrías enseñarme lo otro?
Asiento
y me bajo un poco el pantalón, ella acerca la mano. No toquetea mucho,
simplemente con rozarlo y apretar un poco, cosa que me hace ver las estrellas,
le basta. Mientras me visto, dice lo siguiente:
– Es un
caso muy raro, pero creo que sé qué puede ser. ¿Has visto un dragón alguna vez?
–me pregunta seriamente; no es un chiste.
– ¿Un
dragón? –pregunto asombrada, tanto que se me cae una daga, pero la cojo al
vuelo– Todo el mundo sabe que se extinguieron hace años… Es cierto, ¿verdad? –Ya no sé qué creer…
– No
del todo. Pero lo que importa es que son sabios y saben cuando se avecina una
catástrofe. Entonces envían un espíritu para que habite en el cuerpo de un
humano para luchar contra esa catástrofe. No lo envían solo. Otros seres
mágicos colaboran también. A esos seres humanos se les otorgan habilidades
fuera de lo normal, son bendiciones o maldiciones, según como se mire. Tú eres
una de ellas y una catástrofe se avecina pronto –lo dice como si se lo hubiesen
hecho aprender de memoria tiempo atrás–. Distinguirás a tus compañeros; tú
tranquila, sabrás qué hacer. Y sabrás cuando debes marcharte de aquí. El
destino te lo dirá.
¿Qué? ¿Cómo? No lo
entiendo, bueno sí, en teoría, pero no tiene sentido alguno. ¿Qué tengo yo de especial? ¿Cómo sabe ella
eso?
– ¿Cómo
sabes todo eso?
– Te he
mentido a medias, fui sanadora y también fui la ayudante de un importante mago.
Lo que te acabo de contar es una leyenda de las más antiguas que no se sabe si
tiene precedentes, me refiero a que haya habido antes un conjunto de humanos
con extrañas habilidades. Tu transformación no está finalizada, durará varios
días. Hasta entonces sé bienvenida en mi casa si tienes alguna duda o cualquier
cosa. Ahora debemos marchar, no me gusta dejar a Jeremiah solo tanto tiempo y
tú debes de ganarte el sueldo a tu manera. Salgamos.
Asiento,
pero aún no lo he asimilado todo. Ella sale delante de mí. Y grita. Jeremiah no
está en la mesa y la taberna se ha quedado desierta. En la mesa hay una nota.
Está arrugada pero legible. Yian la acerca para que ambas podamos leerla.
“Si
queréis volver a ver al niño, que Nerwana se presente al torneo. Si no…
Despedíos de él.”
Las dos nos miramos y salimos corriendo
hacia la plaza. Tenemos varias preguntas en mente pero no hay tiempo de
hacerlas mientras corremos.

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