martes, 28 de octubre de 2014

VI SALVAR A UN NIÑO

Llegamos a la plaza con la respiración entrecortada, sobretodo ella, ya que yo soy joven aún. Un niño se nos acerca con su mirada inocente.
– El señor feo me ha dicho que os dijera que Jeremiah está bien por ahora. Que hagáis como todos los viernes.
Dicho esto, el niño se marcha tan feliz, sin esperar respuesta; al fin y al cabo, ha cumplido su trabajo. Posiblemente le hayan prometido una pequeña propina por hacer un trabajillo que a él le parece una estupidez. Seguramente no se le haya ocurrido que en realidad es el portavoz de un secuestrador.
– Yian, tranquila, encontraremos a Jeremiah, no se preocupe. Yo iré a la zona de los participantes. Le prometo que le encontraré y haré pagar esto a quien lo haya maquinado.
Voy al puesto de inscripción. Lo lleva un chico joven de unos veinte años, de ojos almendrados y pelo castaño claro. Es una de las pocas personas del pueblo que me conocen más o menos bien (es decir: dónde vivo, edad y poco más).
– Muy buenas, Ner, felicidades y que cumplas muchos más. –Cierto, es mi cumpleaños, pero no le doy ni las gracias, tengo otros asuntos en mente.– ¿Qué? ¿Piensas volver a ganar hoy? –Sonríe, esperando que le diga algo.– Te veo algo tensa, tranquila no hay ningún participante especial, no te preocupes.
Dicho eso me entrega mi papel con mis datos y mi número, yo lo recojo y ni siquiera me molesto en comprobar mi número de participación ni nada. Me voy sin más. Él se queda mirándome con un gesto de asombro, me doy cuenta de que no le he contestado. No estaba a lo que estaba, mi cabeza está pensando en Jeremiah.

Busco con la mirada a algún niño dentro de la sala de espera para los participantes. Normalmente, estaría analizando desde la sombra a mis contrincantes, pero esta vez levanto la vista y miro inquieta a mi alrededor. Oigo mi nombre.
– Nerwana y Sawn, afuera. Es vuestro turno.
Es el típico tipo duro y musculoso que trabaja en el campo y quiere ganarse un sueldillo extra. No me preocupa en exceso. Más bien se preocupa él, sabe que tiene pocas posibilidades de salir victorioso. Al oír que saldrá conmigo le oigo maldecir por lo bajo su suerte, mas recobra la compostura y se mentaliza para creer que me puede vencer, o al menos eso veo en su mirada. Eso le hace un digno contrincante. Salimos al exterior y la plaza, llena a rebosar, expresa su emoción y nos vitorea. La gente dice que doy el espectáculo, y por eso les gustan mis combates; en realidad, yo lucho con normalidad, pero, según ellos, soy una estela que se mueve a la velocidad del rayo. Busco con la mirada a Jeremiah, pero no le veo. Dejo mi capa en un lado de la plaza, en una de las verjas que separan el terreno de juego de la multitud. El árbitro alza la voz para presentar a los dos contrincantes. Cuando dice primero el nombre de mi rival se oye algún que otro vítor. Cuando dice el mío, la plaza estalla. Justo antes de que el árbitro dé la señal de comienzo, alguien habla:
– Alto, detengan el combate. –Junto al palco reservado para el Alcalde hay un hombre con un niño. Ese niño llora y es… Jeremiah.– Hola a todos, me llamo Louis y soy un caza recompensas. He rescatado niños, luchado contra vampiros y cazado hombres lobo…
Es el hombre de ayer, y creo que eso que dice se lo tiene él muy creidillo. No le creo ni la mitad. Sinceramente, no le creo nada de lo que está diciendo, incluso dudaría de la veracidad de su nombre. En fin… Eso es lo que menos me ha de preocupar ahora.
– Pero esta mañana oí mencionar a una conciudadana vuestra algunas extrañas facultades que posee, que la delatan como un ser semihumano, es decir, medio monstruo. Salvó a un niño desapareciendo de un lugar y apareciendo junto al niño para volver a desaparecer. Si esto es así, no me opondría a ajusticiarla a la antigua usanza, con una espada bien afilada. –Oh, Dios mío. Este hombre quiere venganza. Y eso no me gusta, sobre todo sabiendo que tiene al pequeño.– Yo os diré quién es y os lo demostraré. La persona es… –hace una tétrica pausa, aunque yo ya sabía la respuesta– la gran luchadora Nerwana. Sí, sí, aquella que tenéis delante y que tantas veces ha resultado vencedora de estos torneos. Esa Nerwana a la que todos conocéis y vitoreáis en esta plaza una vez a la semana. –El público no dice nada, hasta dudo que respiren.– ¿No me creéis? Os haré una pequeña demostración.
¿Qué pretende hacer? Está en el balcón elevado junto al alcalde y no parece armado. Coge a Jeremiah, que resulta estar atado de pies y manos, y le alza sobre su cabeza. ¡Lo va a tirar por el balcón!
– ¿Qué? ¿Ya te has dado cuenta de mi intención? Sí, le voy a dejar caer. –Se oye un grito ahogado que será de Yian.– Si no apareces aquí y le recoges morirá al instante, si tiene suerte, si no… agonizará. Tú decides.
– Mamá, quiero a mi mami. –Llora el pequeño a pleno pulmón. Esos gritos me desgarran el alma. Ese niño está al borde de la muerte por segunda vez en un mismo día.
No tengo opción, le va a arrojar. La plaza está en silencio por la expectación. Algunos están paralizados de terror, otros parecen creer que es una especie de teatrillo, pero pocos se dan cuenta de la crudeza de la realidad. Planee lo que planee ese sinvergüenza, he de salvar a ese niño. Deseo estar allí, lo deseo con todas mis fuerzas. Noto la sensación en la tripa y el erizamiento del pelo de la nuca, y luego mucha fatiga. Es una distancia más larga que la de antes con el carro. Aparezco a la espalda de Louis, justo donde he pensado. Oigo un murmullo de asombro proveniente de toda la plaza. Ahora todo el pueblo conoce mi reciente habilidad. Cojo a Jeremiah antes de que se dé cuenta. Desafortunadamente, él lo ha previsto: se gira con gran velocidad y me clava un cuchillo en el brazo. Ese cuchillo arde. No puedo evitar lanzar un chillido. Estoy acostumbrada a los cortes pero éste, no sé por qué, es especialmente doloroso. Intento evocar la imagen del lugar en el centro de la plaza pero no me concentro. Al menos tengo a mi amiguito en brazos, y eso me reconforta algo, aunque no alivia el dolor.
– ¿Habéis visto todos? Sois todos testigos. –Le miro con odio, ¿Por qué me hace esto? ¿Qué es este cuchillo que me esta quemando la piel?– No me mires así monada, éste cuchillo es simple plata. Es curioso que a todos los que no sois humanos del todo os es increíblemente dañino, os arrebata todo el poder de vuestra otra entidad.
Ríe. Y nadie se ríe de mí así. Está delante de mí, riendo a carcajada tendida y mirando al cielo, saboreando su venganza. Pero no será la humillación que él se ha imaginado si yo puedo evitarlo. Lanzo mi pierna a donde más le duele, con lo que grita y cae al suelo entre sollozos, y con él, el molesto cuchillo.
– Pero, por mucho que sea de plata, no afecta a mi parte humana.
La plaza ríe la gracia. El Alcalde me mira con sorpresa, pero no con miedo. Libero al niño de sus ataduras. Éste se agarra a mí, asustado y gimoteando.
– Señor, si me lo permitís, –me dirijo al señor de pelo cano y un poco rechoncho que está a mis espaldas y es el Alcalde de este pueblo– llevaré a este niño junto a su madre, luego escucharé vuestro veredicto.
– Adelante.
Veo a Yian en la plaza, intentando saltar la verja. Lo logra con la ayuda de la multitud. Estoy agotada pero aún tengo fuerzas para un último teletransporte. Deseo estar junto a ella y llevar conmigo al pequeño. Cierro los ojos y esta vez la sensación es menor. Mi cuerpo se está acostumbrando ya a lo que quiera que sea esto. Aparezco junto a ella. Suelto a Jeremiah para que vuelva con ella. Éste corre y ambos se abrazan y lloran.
– Mami, mami…
– Hijo, gracias a Dios que estás bien. Gracias Ner, gracias, gracias.
– No ha sido nad… –No puedo continuar porque se me quiebra la voz.
Algo se ha clavado en mi espalda, a la altura de mi hombro, más abajo, y abrasa: una flecha de plata. El cansancio me ataca de golpe y todo se vuelve negro. Oigo los gritos de una madre y un hijo y… nada más.

– ¿Estás bien? –dice una voz conocida, es Yian. Estamos en su casa. Ella y Jeremiah esperan mi respuesta con atención.
– Sí, sí… Más o menos –les tranquilizo–. ¿Qué pasó después de la flecha? –Intento levantarme pero un dolor muy agudo sacude toda mi espalda.
– No, no te levantes –me dice Yian, mientras su hijo asiente a todo lo que su madre dice–. Ese desgraciado lanzó la flecha contra ti, alegando que no merecías vivir. Todo el pueblo se puso a tu lado y te defendió, incluso el Alcalde alegando que no habías hecho nada malo y que no habías hecho uso de tus habilidades en ningún torneo. Expulsaron a ese hombre del pueblo y le han prohibido la entrada.
– Eso es bueno –sonrío–. ¿Pero qué harán conmigo?
– El Alcalde propuso que no pudieras volver a participar en los torneos –Es justo y lógico la verdad, si sólo es eso…– Tranquila, no te harán daño. Han estimado que puedes ser de ayuda y no dañina para el pueblo, todo el mundo sabe que eres una buena persona. Dijo que te podrían llamar para pedirte favores y pagarte por ello. Que si tenías alguna duda o problema, fueras a verle. Da las gracias a que tenemos un buen Alcalde.
– Sí, otro hubiese querido rebanarme el pescuezo y venderme a nigromantes. Voy ahora mismo a darle las gracias… –Vuelvo a intentar levantarme, pero Jeremiah se tira sobre mí.
– Mamá dijo que no te levantaras –dice actuando como si fuese un hermanito pequeño.
Sonrío, todo ha salido bien y el pueblo me aprecia, estoy segura allí.

He pasado dos días más en cama, Yian cuida bien de mí. Además me dice como avanza mi evolución. Mi pelo se ha vuelto azul y con un par de mechones plateados. De las dos rayas de mi espalda acababan de nacer dos pequeñas alitas como las de los murciélagos, o como las de los dragones según Yian, de color azul oscuro. Por ahora sólo son del tamaño de medio brazo e inútiles y apenas consigo moverlas. De mi otra mancha, bueno… ha nacido una cola, más bien un muñón de color azulado, aún está creciendo, al igual que las alas. Según Yian, aún me queda bastante tiempo, una o dos semanas, hasta lograr mi forma definitiva. Sé que ambas cosas, cuando crezcan del todo, serán un pequeño problema para la ropa. Por ahora no me afecta demasiado y, además, siempre puedo ir con la capa tapándome. Hoy es el primer día que salgo a la calle y lo primero que haré será ver al alcalde.
Por la calle hay diversas reacciones, algunos me saludan y me sonríen, otros aparatan la mirada o se alejan. Yo, a los primeros, les saludo; con los demás, paso de largo. Algunos incluso preguntan por mi estado o por cómo me encuentro; yo les contesto con una sonrisa de oreja a oreja: nadie se había interesado por mí en mucho tiempo.
Llego a la entrada del ayuntamiento. Le digo el motivo de mi visita a uno de los guardias, que me dice que le acompañe y me lleva ante el Alcalde. El despacho de éste es amplio, con un par de cuadros, una chimenea y un perro de compañía. El perro, cuando llego, alza la cabeza, luego la baja, pero me sigue mirando, y gruñe cuando paso cerca de él para ir junto al Alcalde. Una alfombra cubre el suelo y componen el mobiliario tan sólo una mesa y tres sillas, una para el alcalde y dos para los visitantes. El alcalde me sonríe y me indica que tome asiento. Le doy las gracias y me siento.
– Me alegro que te hayas recuperado, ese idiota te lanzo esa flecha sin mi permiso. Por suerte, no te mató. ¿Ya te han contado lo que dicté?
– Sí señor, gracias por todo. Aún así, seguiré viviendo en el bosque, si no os molesta. Pero querría preguntarle si hay algún lugar donde pueda instalarme aquí en la ciudad, para que, si algún ciudadano me necesitara, pueda ir allí.
– Sin problema, me alegra que tengas ganas de ayudar a los demás –dice sonriente–. Te puedo ofrecer un pequeño establecimiento que está cerca de la iglesia. Será como este despacho de grande… No es mucho que se diga… Pero ¿para qué más? ¿No? Te gustará. Está entre la taberna Redhouse y la sastrería. ¿Te orientas?
– Sí, gracias. ¿Cuánto debería pagar? –Aquí, en esta vida, nada es gratis.
– Nada, tan sólo querría que me hicieras un favor a cambio. Mi hija ha perdido a su gatito y está muy disgustada. Habla con ella y te dará más información. Con esto, considera pagado tu establecimiento. ¿Conforme con tu nuevo trabajo?
Sonrío, esto está genial, actividades variadas y que además servirán de ayuda a los habitantes del pueblo.
– Sí señor, muchísimas gracias, ahora mismo hablaré con su hija. Hoy mismo jugará con su gato antes de irse a dormir.

– Eso espero, mejórate pronto y ya informaré a los ciudadanos sobre tu ubicación.

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