domingo, 28 de septiembre de 2014

II NERWANA


Son las tantas de la noche. Odio andar sola a estas horas. Soy Nerwana, pero dejémoslo en Ner. Aunque casi nadie me llama así, bueno, directamente, no me suelen llamar… Mejor así. Tengo la piel tirando a oscura y el pelo castaño claro. Mis ojos son negros como pozos. No me considero un bellezón y no me importa. Llevo el pelo largo recogido en una coleta. Tengo dieciséis años, mañana cumplo los diecisiete.
Hoy estoy más cansada de lo habitual, y eso que no he hecho un entrenamiento muy duro. Mi vida es simple: entreno todo el día diferentes técnicas de lucha, con puños, espadas o dagas, en el bosque; y los viernes participo en los tornerillos de esta villa, Wadelvar. Vivo de esas competiciones.
Soy huérfana. Antes me cuidaba quien dirige la escuela de lucha de la ciudad, pero al crecer me expulsó alegando que ya no podría luchar más por ser mujer, cosa con la que no estoy nada de acuerdo (según él somos más débiles y enfermamos –como ellos dicen– cada mes, más o menos; yo creo que puede que seamos menos fuertes que ellos, pero somos más rápidas y también, a veces, más lúcidas). Al recriminarle su opinión me prohibió volver a casa y desde entonces vivo en mi confortable cueva del bosque.
En las competiciones suelen pagar la suma suficiente para mantenerme e incluso ahorrar algo. No gasto mucho en comida, ya que sé pescar, y la carne también la cazo yo misma. Sólo compro fruta y verdura, ya que eso no lo puedo conseguir por mí misma. También compro cualquier otra cosa que necesite, como ropa y cosas para la cueva. Si me lo puedo permitir, también algún arma nueva en el mercado de los viernes, pero eso es bastante infrecuente.
Mañana es viernes, así que hoy debo descansar bien. Espera… He oído un ruido a mis espaldas. Acostumbrada a cazar, no me cuesta pensar que es alguien, y no algo, ya que es ruidoso: un animalillo no iría por ahí causando tal estruendo. Llevo la mano a la empuñadura de una de mis espadas.
Mi atuendo es sencillo. Pantalones de tela fuerte, una camisa muy ajustada y con la espalda al aire para poder moverme bien. Botines negros de cuero muy desgastados, pero que aguantarán un tiempo más. Siempre llevo dos cinturones con unas diez dagas cuyo filo es del tamaño de un palmo, y un poco menos de empuñadura. Pero mis mejores armas son dos espadas gemelas que tengo desde la infancia. Sólo suelo luchar con una de brillo rojizo escarlata a la que llamo Wernhi, no sé lo que significa, pero lo tiene gravado en su fino filo. La otra es de color azulado y se llama Wernsaw, nombre que, al igual que su hermana, tiene grabado en el filo. Las dos tienen un filo de poco más de un metro y una empuñadura protegida por una cazoleta de metal. El filo es muy fino y flexible. Por eso estas espadas son para cortes y estocadas, nunca intento entablar combate directo en mis peleas de los torneíllos, podrían romperse y no quiero ya que es algo que tengo desde que era muy pequeña. Normalmente sólo suelo luchar con Wernhi, Wernsaw la saco en contadas ocasiones (cuando veo que la cosa está difícil y no me quiero arriesgar). Voy con una capa roja escarlata que me cubre entera. Va a juego con unos guantes y un gorro de ala ancha, pero normalmente sólo uso la capa, lo demás lo dejo en casa. Además esta capa es genial: tiene un cuello que llega hasta casi la nariz y no se me distingue casi si me pongo también el gorro (¿algún problema por que me guste ir de incógnito?).
Quien me sigue no ha visto el gesto de llevarme la mano a la empuñadura gracias al vuelo de mi capa. Oigo que las pisadas se acercan a mí rápidamente, y cuando sé que está a un metro me doy la vuelta, desenfundando mi espada a la altura del cuello de la persona que está entre las sombras. No me cuesta distinguir que es un hombre de unos treinta años. No parece estar sobrado de dinero, ya que tiene la ropa un poco sucia y con muchos remiendos. Tiene el pelo despelujado. Todo esto lo distingo porque tengo una visión nocturna muy aguda, en parte, porque nací con ella, y, en parte, porque la entreno (es lo que tiene salir de caza algunas noches). El hombre parece sorprendido, pero no asustado. Apesta a vino. No quitaré la espada de su cuello hasta no saber sus intenciones. La enrosco en mi brazo izquierdo, de tal modo que mi mano dirige la punta. Es una técnica que he desarrollado para acabar con el sufrimiento de algunos animales, es una forma de dar un golpe certero y letal.
– ¿Qué quieres? ¿Por qué me sigues?
– Eh, eh monada, baja esa espada –Que se cree que le voy a hacer caso, ¡ja!– Además con esa postura te vas a cortar, si es que eso corta, claro, porque parece más una espada de juguete para niños. Las espadas de verdad no están pintadas.
Se ríe entre dientes, y eso no me hace gracia. Apretó un poco el filo contra su cuello.
– Tranquilo, al único que cortaría sería a ti, yo le digo a quien puede cortar o a quien no. Y te aseguro que no son de juguete… Por tu bien, será mejor que no las pruebes. –Ya os explicaré eso más tarde, pero, en resumidas cuentas, estas espadas cortan sólo lo que quiero: si doy una estocada a una manzana sin querer cortarla le daré un buen golpe; si deseó partirla, hará un corte limpio. Es una extraña habilidad de estas dos espadas. Sólo las uso yo, así que no le he explicado esto a nadie. He estado practicando esta habilidad con el paso de los años.– Y, por cierto, no me has contestado. Quién eres y por qué me sigues –No lo digo en tono de petición, sino de orden.
– Vaya, vaya, la gatita se enfada –Eso no me ha gustado como ha sonado, clavo un poco la espada, en el cuello de mi “amigo”. Sale un pequeño hilillo de sangre. No pretendo más, no le quiero matar, sólo quiero que conteste y que me deje tranquila– Vale, vale. Soy Louis y estoy en la posada de Crissword ¿Por qué no te vienes a mi habitación un rato y dejas de jugar con esa espada? Podrías hacerte y hacerme daño.
No me gusta, se nota que no es de aquí porque sino no se le habría ocurrido meterse conmigo así, espada en mano (aunque desarmada también sé luchar). Todo el pueblo ha asistido alguna vez a los torneos de los viernes y conoce los resultados. Y, respecto a la posada, me suena, pero no sé muy bien dónde está.
– No iría contigo ni en sueños, bufón.
Su cara primero expresa asombro, y luego ira. Alza la mano izquierda e intenta quitarse mi espada del cuello, pero se corta la mano y empieza a sangrar. Al verlo, insulta por lo bajo.
–Te avisé de que el único que se cortaría serías tú. Si aprecias tu vida, vete –digo con voz amenazadora.
Parece que se lo piensa, pero finalmente se va corriendo. Odio a los hombres se creen superiores a las mujeres, y yo me he propuesto darles una lección. Sigo mi camino a casa.

No tardo mucho en llegar. La cueva está en un bosque cercano, al norte de la ciudad. Esa zona no está muy frecuentada, casualmente se puede dejar caer alguna pareja de enamorados que hace una escapada para dar un paseo por el campo. Aunque eso es muy raro; es algo más frecuente ver algún cazador desorientado, o algún niño perdido... Pero mi casa, al estar alejada del camino, nunca recibe más visitas que la mía (la gente, si tiene dos dedos de frente, no se atreve a aventurarse en una cueva en la que podría habitar algún oso, y a los osos no les gustan las visitas). Si algún animal que ronda por allí se desorienta y acaba en la cueva… no suele salir con vida de ahí: pueden valer para cenar.
Ahí está mi cueva, ya la veo. Está detrás de unos matorrales tras subir una pared rocosa. Es muy pequeña, dentro sólo entra mi pequeña y confortable “cama”, el espacio reservado para una hoguera y una pequeña estantería con ropa y alguna otra cosa. No poseo mucha ropa, pero tengo la justa: dos pantalones del tipo del que llevo, uno más para invierno y el otro más ligero, aunque no pasa nada porque me ponga el de verano en invierno, no así al contrario porque me cuezo. También tengo un pequeño montón de libros. Me encanta leer, pero no me puedo permitir comprar muchos libros, a lo mejor compro uno al año si no ha habido hambruna o escasez.
Dejo la capa y los cinturones con dagas en la estantería, junto al sombrero de ala ancha y los guantes del mismo color. Es lo único que guardo con cariño de aquel que me cuidó hasta hace poco, fue un regalo del mismo día en que cumplí los catorce, poco tiempo antes de que me fuera de casa. Me pongo un camisón y caliento en la hoguera un poco de liebre de esta mañana. No tengo mucho hambre, ni tampoco me encuentro muy bien, aunque no ha sido por el extraño encuentro, creo yo. Decido comer lo más rápido posible e irme a dormir en lo que yo llamo cama, un jergón de heno, un par de sábanas, y una almohada vieja. “Pero esta es mi casa, y aquí me siento segura y descanso bien. Necesito descansar bien para rendir mañana…”, pienso medio dormida.

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