Hoy
estoy más cansada de lo habitual, y eso que no he hecho un entrenamiento muy
duro. Mi vida es simple: entreno todo el día diferentes técnicas
de lucha, con puños, espadas o dagas, en el bosque; y los viernes participo en
los tornerillos de esta villa, Wadelvar. Vivo de esas competiciones.
Soy huérfana. Antes me cuidaba quien dirige
la escuela de lucha de la ciudad, pero al crecer me expulsó alegando que ya no
podría luchar más por ser mujer, cosa con la que no estoy nada de acuerdo
(según él somos más débiles y enfermamos –como ellos dicen– cada mes, más o
menos; yo creo que puede que seamos menos fuertes que ellos, pero somos más
rápidas y también, a veces, más lúcidas). Al recriminarle su opinión me
prohibió volver a casa y desde entonces vivo en mi confortable cueva del
bosque.
En las competiciones suelen pagar la suma
suficiente para mantenerme e incluso ahorrar algo. No gasto mucho en comida, ya
que sé pescar, y la carne también la cazo yo misma. Sólo compro fruta y
verdura, ya que eso no lo puedo conseguir por mí misma. También compro
cualquier otra cosa que necesite, como ropa y cosas para la cueva. Si me lo puedo
permitir, también algún arma nueva en el mercado de los viernes, pero eso es
bastante infrecuente.
Mañana es viernes, así que hoy debo
descansar bien. Espera… He oído un ruido
a mis espaldas. Acostumbrada a cazar, no me cuesta pensar que es alguien, y
no algo, ya que es ruidoso: un animalillo no iría por ahí causando tal
estruendo. Llevo la mano a la empuñadura de una de mis espadas.
Mi atuendo es sencillo. Pantalones de tela
fuerte, una camisa muy ajustada y con la espalda al aire para poder moverme
bien. Botines negros de cuero muy desgastados, pero que aguantarán un tiempo
más. Siempre llevo dos cinturones con unas diez dagas cuyo filo es del tamaño
de un palmo, y un poco menos de empuñadura. Pero mis mejores armas son dos
espadas gemelas que tengo desde la infancia. Sólo suelo luchar con una de
brillo rojizo escarlata a la que llamo Wernhi, no sé lo que significa, pero lo
tiene gravado en su fino filo. La otra es de color azulado y se llama Wernsaw,
nombre que, al igual que su hermana, tiene grabado en el filo. Las dos tienen
un filo de poco más de un metro y una empuñadura protegida por una cazoleta de
metal. El filo es muy fino y flexible. Por eso estas espadas son para cortes y
estocadas, nunca intento entablar combate directo en mis peleas de los
torneíllos, podrían romperse y no quiero ya que es algo que tengo desde que era
muy pequeña. Normalmente sólo suelo luchar con Wernhi, Wernsaw la saco en
contadas ocasiones (cuando veo que la cosa está difícil y no me quiero
arriesgar). Voy con una capa roja escarlata que me cubre entera. Va a juego con
unos guantes y un gorro de ala ancha, pero normalmente sólo uso la capa, lo
demás lo dejo en casa. Además esta capa es genial: tiene un cuello que llega
hasta casi la nariz y no se me distingue casi si me pongo también el gorro
(¿algún problema por que me guste ir de incógnito?).
Quien me sigue no ha visto el gesto de
llevarme la mano a la empuñadura gracias al vuelo de mi capa. Oigo que las
pisadas se acercan a mí rápidamente, y cuando sé que está a un metro me doy la
vuelta, desenfundando mi espada a la altura del cuello de la persona que está
entre las sombras. No me cuesta distinguir que es un hombre de unos treinta
años. No parece estar sobrado de dinero, ya que tiene la ropa un poco sucia y
con muchos remiendos. Tiene el pelo despelujado. Todo esto lo distingo porque
tengo una visión nocturna muy aguda, en parte, porque nací con ella, y, en
parte, porque la entreno (es lo que tiene salir de caza algunas noches). El
hombre parece sorprendido, pero no asustado. Apesta a vino. No quitaré la espada de su cuello hasta no saber sus
intenciones. La enrosco en mi brazo izquierdo, de tal modo que mi mano
dirige la punta. Es una técnica que he desarrollado para acabar con el
sufrimiento de algunos animales, es una forma de dar un golpe certero y letal.
– ¿Qué
quieres? ¿Por qué me sigues?
– Eh,
eh monada, baja esa espada –Que se cree
que le voy a hacer caso, ¡ja!– Además con esa postura te vas a cortar, si
es que eso corta, claro, porque parece más una espada de juguete para niños.
Las espadas de verdad no están pintadas.
Se ríe
entre dientes, y eso no me hace gracia. Apretó un poco el filo contra su
cuello.
–
Tranquilo, al único que cortaría sería a ti, yo le digo a quien puede cortar o
a quien no. Y te aseguro que no son de juguete… Por tu bien, será mejor que no
las pruebes. –Ya os explicaré eso más tarde, pero, en resumidas cuentas, estas
espadas cortan sólo lo que quiero: si doy una estocada a una manzana sin querer
cortarla le daré un buen golpe; si deseó partirla, hará un corte limpio. Es una
extraña habilidad de estas dos espadas. Sólo las uso yo, así que no le he
explicado esto a nadie. He estado practicando esta habilidad con el paso de los
años.– Y, por cierto, no me has contestado. Quién eres y por qué me sigues –No
lo digo en tono de petición, sino de orden.
– Vaya,
vaya, la gatita se enfada –Eso no me ha gustado como ha sonado, clavo un poco
la espada, en el cuello de mi “amigo”. Sale un pequeño hilillo de sangre. No
pretendo más, no le quiero matar, sólo quiero que conteste y que me deje
tranquila– Vale, vale. Soy Louis y estoy en la posada de Crissword ¿Por qué no
te vienes a mi habitación un rato y dejas de jugar con esa espada? Podrías
hacerte y hacerme daño.
No me gusta, se nota que no es de aquí
porque sino no se le habría ocurrido meterse conmigo así, espada en mano
(aunque desarmada también sé luchar). Todo el pueblo ha asistido
alguna vez a los torneos de los viernes y conoce los resultados. Y, respecto a
la posada, me suena, pero no sé muy bien dónde está.
– No
iría contigo ni en sueños, bufón.
Su cara
primero expresa asombro, y luego ira. Alza la mano izquierda e intenta quitarse
mi espada del cuello, pero se corta la mano y empieza a sangrar. Al verlo,
insulta por lo bajo.
–Te
avisé de que el único que se cortaría serías tú. Si aprecias tu vida, vete
–digo con voz amenazadora.
Parece
que se lo piensa, pero finalmente se va corriendo. Odio a los hombres se creen
superiores a las mujeres, y yo me he propuesto darles una lección. Sigo mi
camino a casa.
No
tardo mucho en llegar. La cueva está en un bosque cercano, al norte de la
ciudad. Esa zona no está muy frecuentada, casualmente se puede dejar caer
alguna pareja de enamorados que hace una escapada para dar un paseo por el
campo. Aunque eso es muy raro; es algo más frecuente ver algún cazador
desorientado, o algún niño perdido... Pero mi casa, al estar alejada del
camino, nunca recibe más visitas que la mía (la gente, si tiene dos dedos de
frente, no se atreve a aventurarse en una cueva en la que podría habitar algún
oso, y a los osos no les gustan las visitas). Si algún animal que ronda por
allí se desorienta y acaba en la cueva… no suele salir con vida de ahí: pueden
valer para cenar.
Ahí está mi cueva, ya la veo. Está
detrás de unos matorrales tras subir una pared rocosa. Es muy pequeña, dentro
sólo entra mi pequeña y confortable “cama”, el espacio reservado para una
hoguera y una pequeña estantería con ropa y alguna otra cosa. No poseo mucha
ropa, pero tengo la justa: dos pantalones del tipo del que llevo, uno más para
invierno y el otro más ligero, aunque no pasa nada porque me ponga el de verano
en invierno, no así al contrario porque me cuezo. También tengo un pequeño
montón de libros. Me encanta leer, pero no me puedo permitir comprar muchos
libros, a lo mejor compro uno al año si no ha habido hambruna o escasez.
Dejo la
capa y los cinturones con dagas en la estantería, junto al sombrero de ala
ancha y los guantes del mismo color. Es lo único que guardo con cariño de aquel
que me cuidó hasta hace poco, fue un regalo del mismo día en que cumplí los
catorce, poco tiempo antes de que me fuera de casa. Me pongo un camisón y
caliento en la hoguera un poco de liebre de esta mañana. No tengo mucho hambre,
ni tampoco me encuentro muy bien, aunque no ha sido por el extraño encuentro,
creo yo. Decido comer lo más rápido posible e irme a dormir en lo que yo llamo
cama, un jergón de heno, un par de sábanas, y una almohada vieja. “Pero esta es mi casa, y aquí me siento
segura y descanso bien. Necesito descansar bien para rendir mañana…”, pienso
medio dormida.

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